La grieta en la armadura
El despacho de Julián Varela no era un santuario, sino una sala de guerra. El aire, denso por el aroma a cedro y el zumbido constante de los servidores, se sentía cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. Sobre el escritorio de caoba, la pantalla del monitor mostraba el acta de la junta directiva: el contrato del Puerto del Sol había sido adjudicado a Ricardo. Una derrota técnica, quirúrgica, diseñada para humillar.
Julián permanecía inmóvil, con los dedos entrelazados sobre un legajo de documentos. No había rastro de la frialdad calculadora que solía exhibir; solo una fatiga cruda, el peso de un imperio que empezaba a mostrar fisuras bajo el asedio constante d
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