Escenarios de cristal
El despacho de Julián conservaba un aroma a sándalo y papel antiguo, una atmósfera que, hace apenas una hora, Elena habría considerado un refugio. Ahora, el clic de la puerta al cerrarse resonaba como una sentencia. Elena se mantuvo firme frente al escritorio de caoba, con el anillo de compromiso falso —un diamante de talla esmeralda que pesaba más de lo que su orgullo podía soportar— brillando bajo la luz cenital.
—¿Proyecto Remanente? —preguntó, su voz cortando el aire con una frialdad que imitaba a la de él—. No me dijiste que mi divorcio era una variable en tu balance corporativo, Julián.
Él no levantó la vista del expediente. Sus dedos, largos y precisos, pasaron una página con una parsimonia que enfureció a Elena.
—Era
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