Las cenizas del contrato
El murmullo en el salón de gala no era un sonido; era una marea de estática que amenazaba con ahogar a Elena. En las pantallas gigantes, la imagen de su hijo, capturada por la lente de un intruso, se proyectaba con una nitidez cruel. Elena no bajó la mirada. Se mantuvo en el centro del estrado, con la columna vertebral tensa como una cuerda de piano, mientras la élite de Ciudad de México buscaba en su rostro la fisura que confirmara su ruina.
Julián Valdés no caminaba; avanzaba como un depredador que ha encontrado su territorio invadido. Ignoró a los socios que intentaba
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