El secreto revelado
El mármol del vestíbulo del hotel, pulido hasta el punto de la distorsión, devolvía a Elena una imagen que apenas reconocía: una mujer envuelta en seda fría, con la columna vertebral tan tensa que amenazaba con quebrarse. A su lado, Julián no era solo un acompañante; era una muralla de lana oscura y autoridad calculada que le cortaba el paso al resto del mundo.
—No te sueltes —susurró él. Su voz era un mandato, no una sugerencia. Sus dedos, firmes y sorprendentemente cálidos, se cerraron sobre la mano de Elena con una presión que no buscaba la ternura, sino la posesión pública.
La gala era un enjambre de murmullos
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