Reclamando el mañana
El aire en la suite del hotel era denso, cargado con el rastro metálico de una tormenta social que apenas comenzaba a disiparse. Elena no se quitó los tacones; el dolor en sus pies era un ancla que le impedía desvanecerse en la irrealidad de la noche. Frente a ella, Julián se había despojado de la chaqueta de su esmoquin, dejando ver una camisa blanca con las mangas arremangadas, una imagen de vulnerabilidad que no encajaba con el magnate intocable que ella había conocido bajo un contrato de mentiras.
—Ya no hay junta mañana, Elena —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz era firme, despojada de la arrogancia cor
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