La apuesta final
El despacho de Julián olía a tabaco frío y a la estática de una derrota inminente. Sobre la caoba, su carta de dimisión irrevocable descansaba como una sentencia de muerte para su carrera. No levantó la vista al oír los pasos de Elena; no necesitaba verla para sentir cómo la atmósfera cambiaba, volviéndose más densa, más real.
—Pensaste que podías simplemente desaparecer —dijo Elena. Su voz no buscaba piedad; era el sonido de alguien que ya no tiene nada que perder—. Como si tu sacrificio fuera el único pago posible por tu apellido y los pecados de tu padre.
Julián se tensó, sus manos apretando el borde del escritorio hasta que lo
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