El nuevo estatus
El silencio en el vestidor de Elena no era vacío; era una estructura de poder. Sobre el tocador, junto a un juego de diamantes que no había pagado ella, descansaba la carpeta con los documentos originales de la deuda familiar de los padres de Julián. Esa era su arma, su seguro de vida y, a partir de esta noche, su moneda de cambio. Julián entró sin llamar, su presencia llenando el espacio con una intensidad que, hace apenas unas semanas, la habría hecho temblar. Hoy, ella simplemente se ajustó el broche de su vestido de seda oscura, una armadura elegante que no dejaba lugar a dudas.
—El coche está abajo —dijo Julián, con esa voz grave que solía usar para imponerse—. Si todavía insistes en ir, debes entender que el lunes presentaré mi dimisión ante el grupo Varela. Asumiré la responsabilidad total de la fusión. Tú quedarás limpia de cualquier implicación legal. Es la única forma de protegerte.
Elena se giró lentamente, enfrentándolo. Ya no era la mujer que buscaba su aprobación, sino la accionista mayoritaria que controlaba su
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