La caída del titiritero
El despacho de Julián, impregnado del aroma a café amargo y cuero antiguo, se había transformado en el centro de mando de una guerra que Elena estaba a punto de sentenciar. Sobre la caoba pulida, el sobre con los registros financieros de Marcos parecía pesar más que el metal. Elena deslizó el documento hacia el centro de la mesa; el sonido del papel contra la madera fue seco, definitivo, como el disparo que inicia una ejecución.
—El rastro es innegable —dijo Elena, con una voz despojada del temblor de la mujer que, meses atrás, pedía clemencia en un juzgado—. He vinculado sus transacciones personales con los fondos destinados a la fusión Varela. Si esto se proyecta ante la prensa en una hora, Marcos no solo perderá la empresa; perderá su libertad.
Julián no miró los documentos. Sus ojos, oscuros y calculadores, estaban fijos en ella. Se puso en pie, rodeando la mesa con una elegancia depredadora que invadió su espacio personal. No era la protección asfixiante de un acreedor, s
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