Alianzas inesperadas
El despacho de Julián, en el piso cuarenta, no era un lugar de trabajo; era una fortaleza de cristal y acero donde el oxígeno parecía racionado. Elena observó el documento sobre la caoba oscura: la transferencia de activos industriales que, de un solo trazo, la convertía en la dueña de la mitad del imperio de Julián.
—Si firmas, los Varela no verán a una exesposa en busca de refugio —dijo Julián, su voz carente de la calidez que había asomado en la gala—. Verán a una igual. Pero también verán a alguien a quien pueden destruir si fallas.
Elena no apartó la mirada. La humillación de su divorcio con Marcos ya no era una herida abierta, sino el combustible que alimentaba su frialdad estratégica. Sabía que Julián le entregaba ese poder no por altruismo, sino porque ella poseía la llave de su propia ru
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