El costo del silencio
El estacionamiento del Grand Metropolitan era un mausoleo de concreto y luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. Elena se detuvo junto al sedán de Julián, con el bolso apretado contra el costado como si contuviera su propia vida. Dentro, los documentos que probaban el fraude de Marcos eran un peso muerto, una carga que, lejos de liberarla, la ataba a un juego que apenas empezaba a comprender.
—No te vayas tan rápido, Elena. La verdad suele ser más lenta que la huida —la voz de Marcos emergió de las sombras, cargada de una calma depredadora. Se apoyó contra una columna, impecable, observándola con esa mezcla de desprecio y posesión que ella había jurado erradicar de su existencia.
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