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Chapter 11: La Verdad en el Metal

Leo logra exponer la purga de Kaelen ante los inspectores corporativos mediante la transmisión de datos del módulo Icarus. Valeria Soler interviene para protegerlo, forzando una alianza táctica. Kaelen es arrestado, pero la Corporación Vane marca a Leo como un objetivo de alto valor, revelando que el verdadero conflicto apenas comienza fuera de la Academia.

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La Verdad en el Metal

El aire dentro de la cabina del Cargador-V sabía a ozono y a aislamiento quemado. Cada espasmo de los servomotores del mech se traducía en una descarga eléctrica que recorría la columna de Leo Valenti, un recordatorio físico de que el módulo Icarus no solo estaba procesando datos, sino consumiendo su sistema nervioso como combustible. Afuera, el Sector Delta era un cementerio de armaduras humeantes, pero la pantalla principal, agrietada y parpadeante, mostraba el único dato que importaba: la transmisión de la purga seguía activa, inyectando las pruebas de la conspiración de la Corporación Vane en cada nodo de la red de la Academia.

—Valenti, entrega el control del nodo. Estás terminando con tu vida por un error estadístico —la voz de Kaelen retumbó por el canal de mando, gélida, pero con un matiz de urgencia que delataba su pánico. El Director no estaba cerca; estaba escondido, intentando purgar su rastro digital de la ejecución masiva que había orquestado.

Leo apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre. Su Cargador-V estaba inerte, con el núcleo de energía al 8% y los estabilizadores laterales bloqueados. Kaelen intentaba forzar un reinicio remoto, una intrusión que borraría las pruebas antes de que los inspectores corporativos pudieran procesarlas. Leo, con un esfuerzo que le nubló la vista, redirigió el residuo de energía del Icarus hacia el firewall del sistema, bloqueando el acceso de Kaelen con una barrera de datos cifrados que él mismo había diseñado para ser irrompible.

El silencio que siguió fue absoluto, hasta que el sonido de pasos metálicos pesados rompió la calma. Una silueta elegante y letal se recortó contra el humo: el mech de Valeria Soler. Su armadura, impecable y de una clase que Leo jamás podría pagar, se detuvo frente a él. Leo tensó los músculos, esperando el golpe de gracia, la traición final que confirmaría su lugar en el fondo de la cadena alimenticia. Pero el cañón de Valeria no apuntó a su cabina. Con un movimiento fluido, su máquina giró ciento ochenta grados, posicionándose como un escudo entre Leo y la entrada del sector.

—No te hagas el héroe, Valenti —la voz de Valeria resonó por el canal de emergencia, carente de su burla habitual—. Tu transmisión está saturando los servidores. Si Kaelen te encuentra ahora, no solo te borrará a ti; nos borrará a todos los que hemos visto la verdad.

Leo forzó una risa que terminó en un acceso de tos. La telemetría de su mech mostraba la integridad estructural al 30%. Estaba a merced de la voluntad de una heredera que, hasta hacía una hora, lo consideraba un defecto del sistema. Valeria no lo hacía por bondad; lo hacía porque, al igual que él, había comprendido que en la Academia, la lealtad es un activo que se deprecia ante la evidencia de una masacre.

El caos estalló en el Centro de Comando. Los estudiantes de bajo rango, al ver la transmisión, comenzaron a rebelarse, bloqueando los protocolos de seguridad de Kaelen con sus propios mechs dañados. El Director intentó restablecer el orden, pero sus guardias se vieron superados por el muro humano y metálico que los estudiantes habían formado. Valeria, manteniéndose firme, proyectó la telemetría que ella misma había recopilado sobre el rendimiento anómalo de los mechs durante la purga. Fue el golpe final. Los inspectores corporativos, presentes en la Academia, vieron cómo la máscara de Kaelen caía frente a las cámaras. La autoridad del Director fue revocada públicamente, y la purga fue declarada un crimen corporativo de alto nivel.

Horas después, en la enfermería, Leo observaba el horizonte industrial a través de un cristal reforzado. Estaba físicamente destrozado, pero victorioso. Valeria entró, su uniforme impecable contrastando con el caos de la sala.

—Kaelen ha sido escoltado fuera bajo custodia corporativa —dijo ella, sin mirarlo—. Has convertido la Academia en una zona de guerra política, Valenti. Pero no te engañes. La corporación no te ha perdonado por exponerlos; te han marcado. El módulo Icarus es ahora un activo que ellos reclaman como propio.

Leo sintió una punzada en la base del cráneo, un recordatorio de que su victoria en la Academia era solo el inicio. Afuera, en la oscuridad de la zona industrial, las balizas de seguridad de la Corporación Vane seguían parpadeando, esperando a que el nuevo objetivo saliera de sus muros. La verdadera escalera de poder empezaba ahora, y el primer peldaño estaba hecho de metal, sangre y una guerra que la Academia apenas había comenzado a vislumbrar.

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