El Ascenso Permanente
El aire en la enfermería de la Academia sabía a ozono y antiséptico, un contraste brutal con el olor a metal quemado que aún se le pegaba a la piel. Leo Valenti intentó moverse, pero su cuerpo respondió con una descarga de dolor que le recorrió la columna como una corriente eléctrica. Sus manos, todavía temblorosas por la sobrecarga del módulo Icarus, se cerraron en puños sobre las sábanas de lino sintético.
—Quédate quieto, Valenti —la voz de Valeria Soler rompió el silencio. Estaba apoyada contra el marco de la puerta, con el uniforme impecable manchado de hollín. Su mirada, antes cargada de desdén, ahora era un mapa de cautela y respeto forzado.
—¿Kaelen? —la voz de Leo salió como un graznido.
—Bajo custodia de los inspectores de la Corporación Vane —respondió ella, arrojando un dispositivo de datos sobre la mesita—. Los datos que transmitiste durante la purga llegaron a los niveles superiores. La academia es un caos, pero no es una victoria. Vane no está aquí para limpiar la corrupción, están aquí para recuperar su propiedad. Tu Cargador-V, aunque inhabilitado, es ahora la pieza más buscada del sector. Si no recuperas el núcleo antes de que los inspectores lo confisquen, serás un cadáver antes del amanecer.
Leo ignoró el dolor y se arrastró hasta el hangar 4. Su Cargador-V yacía como un cadáver de hierro, con los servomotores bloqueados y el chasis abierto. Dos técnicos de Vane, con armas de pulso al cinto, desmantelaban el núcleo. Leo no tenía fuerza para un duelo, pero sí para un sabotaje. Activó el protocolo de emergencia mediante una secuencia manual, forzando una sobrecarga en el condensador de plasma que aún conservaba una carga residual. El hangar estalló en una cortina de chispas y metal fundido. En la confusión, Leo arrancó el núcleo del Icarus y se perdió en las sombras de los niveles inferiores.
Allí, entre los supervivientes, el ambiente era de desesperación estancada. Leo, apoyado contra un chasis retorcido, señaló la red de servidores.
—No es propiedad suya si lo reconfiguramos —dijo, su voz áspera pero firme—. El Icarus dejó una puerta trasera en el protocolo de autenticación. Si sincronizamos los núcleos de estos cargadores ahora, podemos hackear los sistemas de bloqueo corporativos en masa.
Valeria lo observó, su postura de heredera arrogante reemplazada por una determinación compartida. Al liberar los mechs de los estudiantes, Leo no solo restauró su movilidad; se convirtió en el líder de una facción que rechazaba el sistema de rangos impuesto. La academia era, por fin, suya, pero la victoria duró poco.
Desde la azotea, Leo y Valeria observaron cómo tres naves de transporte de la Corporación Vane descendían, sellando el complejo con precisión quirúrgica. No era una auditoría, era una limpieza de activos.
—El módulo Icarus no era una anomalía —dijo Leo, mirando hacia las naves que oscurecían el horizonte—. Es una llave. Hay una red de tecnología pre-cataclismo oculta ahí afuera, y Vane sabe que nosotros tenemos el mapa.
La academia no era el destino; era apenas la primera celda que habían logrado romper. Leo apretó el núcleo contra su pecho, sintiendo el calor residual del módulo. El rango era irrelevante ahora. La verdadera guerra, la que decidiría el destino de su familia y su propia supervivencia, comenzaba fuera de los muros, donde el enemigo no esperaba una rendición, sino una cacería.