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Chapter 10: Prueba de Fuego Real

Leo sobrevive a la purga inicial del examen final utilizando el módulo Icarus como nodo de red para exponer los crímenes de la Corporación Vane. Aunque logra hackear los servidores y transmitir las pruebas de la ejecución orquestada, su mech queda inhabilitado y su cuerpo al límite, dejando a Leo vulnerable ante las fuerzas de élite de Kaelen.

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Prueba de Fuego Real

El aire en la plataforma de despliegue no olía a ozono ni a lubricante sintético; olía a miedo rancio y a chatarra humana. Leo Valenti ajustó los cinchos de su interfaz neural mientras el Cargador-V, con su integridad estructural apenas sostenida al 30%, emitía un gemido metálico. Sobre el panel principal, la luz roja de la auditoría de Kaelen parpadeaba con una cadencia hipnótica. Cada pulso era una cuenta regresiva hacia la expulsión, o algo mucho peor.

—Valeria, ¿estás ahí? —la voz de Leo sonó filtrada por la estática del módulo Icarus, que ahora se sentía como una aguja incrustada en la base de su cráneo.

—Estoy en posición, Valenti. Pero el sistema de la academia está bloqueando mis enlaces de seguridad —respondió la chica por el canal privado, su voz gélida cargada con una urgencia que rayaba en el pánico—. Si Kaelen activa el rastreador de hardware ahora, tu ID será purgado antes de que crucemos el umbral.

Leo apretó los dientes, sintiendo cómo el Icarus drenaba su energía vital, una transferencia de calor que le dejaba los dedos entumecidos y los ojos inyectados en sangre. Ante él, el horizonte del Sector Delta, un desierto industrial de acero retorcido y cráteres, esperaba para engullir a los estudiantes de bajo rango. El Director Kaelen, observando desde la torre de control, no buscaba evaluar talento, sino limpiar el registro de la Corporación Vane.

El inicio del examen fue un estruendo seco. Munición real. Los proyectiles de 30mm comenzaron a desgarrar las estructuras de chatarra, y Leo sintió cada impacto en sus propios nervios. Su Cargador-V se sacudió violentamente cuando un escuadrón de élite, enviado por Kaelen, flanqueó su posición desde la duna de escoria norte.

—Leo, el rastreador está haciendo ping en tu frecuencia base —advirtió Valeria—. Tienes menos de tres minutos antes de que el servidor bloquee tus actuadores. Estás siendo ejecutado en tiempo real.

Leo no respondió. Su mente estaba sumergida en la red táctica que había tejido entre los estudiantes de bajo rango. Veía sus posiciones como puntos de luz pálida en un mapa de calor que se desvanecía. —No me importa el bloqueo si logramos exponer el nodo de control —gruñó Leo, ajustando el compensador de inercia con manos temblorosas—. Valeria, necesito esa telemetría. Ahora.

Hubo una pausa, y luego, un torrente de datos fluyó hacia su interfaz. La ubicación del nodo central de Kaelen quedó expuesta. Leo forzó al Icarus más allá de sus límites, ignorando el dolor punzante en su columna. Con una maniobra errática que desafiaba las leyes de la física de su armazón, el Cargador-V se lanzó hacia el nodo. Los proyectiles de los mechs de élite silbaban a centímetros de su cabina, fundiendo el blindaje de su hombro derecho. La integridad estructural cayó al 18%.

—¡Ahora, Valenti! —gritó Valeria al ver la apertura.

Leo disparó. El impacto directo sobre el nodo de control provocó una reacción en cadena que iluminó el desierto con una estática azulada. Pero el precio fue inmediato: el Icarus, al detectar la sobrecarga, comenzó a succionar la energía de su sistema nervioso para compensar el fallo del chasis.

Leo llegó al núcleo del servidor mientras su visión se nublaba. El Director Kaelen, al otro lado de la red, intentó desesperadamente cerrar el acceso, pero Leo ya estaba dentro. Utilizó el exceso de carga del módulo para sobrecargar los servidores de la academia, forzando una brecha que no solo detuvo la purga, sino que abrió la transmisión de datos a toda la red interna. Las grabaciones de la ejecución orquestada, las órdenes de Kaelen y los registros de las armas experimentales comenzaron a emitirse en las pantallas de toda la academia.

El Cargador-V de Leo se bloqueó por completo, sus sistemas apagándose en un silencio sepulcral. El mech quedó inerte en medio del campo, humeante y vulnerable, mientras el silencio se apoderaba del desierto. El examen había terminado, pero la verdadera guerra acababa de comenzar. Leo, atrapado en la cabina, sintió que su cuerpo apenas respondía; el módulo Icarus, al ser desconectado a la fuerza por el colapso del servidor, dejó un vacío gélido en su interior. En la distancia, las unidades de élite comenzaron a avanzar hacia su posición, sus cañones cargados con la frialdad de quienes saben que han sido expuestos.

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