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Chapter 8: Sobrecarga

Leo intenta estabilizar el módulo Icarus mientras el Director Kaelen formaliza una purga para el examen final. Tras un duelo forzado en el Sector Delta donde Leo demuestra una potencia inusual a costa de su salud, Kaelen revela que el examen final será el escenario de su eliminación definitiva, dejando a Leo ante el dilema de usar el módulo hasta la destrucción neurológica o ser purgado.

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Sobrecarga

El sabor metálico de la sangre inundó la boca de Leo antes de que pudiera soltar el destornillador sónico. Una gota escarlata cayó sobre el chasis expuesto del Cargador-V, siseando al contacto con el metal sobrecalentado. No era la primera vez esta semana, pero el temblor en sus manos se sentía distinto: era una vibración rítmica, un eco directo de la frecuencia que el módulo Icarus emitía cada vez que intentaba estabilizar el flujo térmico.

—Maldita sea, Leo, detente —susurró para sí mismo, limpiándose la nariz con el dorso de la mano. La mancha roja sobre el guante era una sentencia de muerte que no podía permitirse. En el taller clandestino, oculto tras los servidores principales de la academia, el aire pesaba cargado de ozono y plástico chamuscado. La integración del Icarus había incrementado la velocidad de respuesta del mech en un cuarenta por ciento, pero el costo se estaba cobrando en su propia biología. Cada vez que Leo forzaba la sincronización neuronal, el módulo mapeaba sus nervios, tratando de convertirlos en una extensión de la red de control de la Corporación Vane. Leo apretó los dientes, ignorando el pitido ensordecedor que empezaba a taladrarle los oídos. La auditoría de Kaelen seguía en marcha, y los servidores de la academia estaban bloqueados, dejando a Leo operando a ciegas.

El pasillo de mantenimiento, poco después, se convirtió en una trampa de tensión. Valeria Soler lo bloqueó frente al sector de acceso restringido. Su uniforme de élite era una ofensa visual frente a las manos de Leo, manchadas de grasa y sangre seca.

—Kaelen ha cerrado los servidores externos —dijo ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido—. Ya no es solo una auditoría, Leo. Es una purga. Sabe que el Icarus no es una mejora local; sabe que es un nodo de control remoto de Vane.

Leo se apoyó contra la pared metálica, sintiendo una punzada de dolor agudo en la base del cráneo. Valeria arrojó un chip de datos hacia él. Lo atrapó con torpeza, sus dedos negándose a cerrar correctamente.

—¿Por qué me entregas esto? —preguntó Leo, luchando por mantener la voz estable—. Si Vane descubre que ayudaste a filtrar la telemetría, te borrarán del escalafón antes de que termine el día.

Valeria se acercó, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, afilados como sensores de puntería, no mostraban compasión, sino una desesperación calculada.

—Porque si tú caes, yo soy la siguiente en la lista de limpieza —sentenció ella—. El Director está moviendo las piezas para el examen final. No será una prueba de habilidad, será un matadero.

La advertencia de Valeria se hizo realidad en el Sector Delta apenas una hora después. El aire sabía a ozono y metal quemado cuando tres mechs de clase Vanguard, impecables y con el sello de la Corporación Vane, flanquearon su posición. No era una inspección; era una ejecución técnica. Leo sintió la urgencia de la deuda familiar pesando sobre su nuca; si perdía hoy, su expulsión sería la liquidación total de los activos de su linaje.

—Valenti, sal de ahí. Sabemos que tu chatarra tiene componentes no autorizados —la voz del instructor resonó por los altavoces.

Leo apretó los dientes, ignorando el dolor punzante en sus sienes. «Si quieren una falla técnica, les daré una», pensó. En lugar de intentar ocultar el Icarus, redirigió el flujo de energía hacia un circuito secundario de refrigeración, provocando un cortocircuito deliberado. Chispas blancas saltaron del chasis mientras el Cargador-V, envuelto en una estela de humo, arremetía con una velocidad imposible. Leo ejecutó una maniobra de flanqueo que dejó a los Vanguard inútiles, derribándolos uno a uno con una precisión quirúrgica que solo una mente conectada al Icarus podía mantener. Ganó, pero el costo fue inmediato: al salir de la cabina, sus piernas cedieron.

Kaelen apareció entre la humareda, flanqueado por guardias corporativos. Sus ojos analizaban el Cargador-V con una frialdad que helaba la sangre.

—Tu integridad estructural está al treinta por ciento, Valenti. Si fueras un estudiante normal, ya te habrían dado de baja —dijo Kaelen, deteniéndose ante él—. La Corporación Vane necesita datos, no despidos. Pero el tiempo de las pruebas individuales ha terminado. El examen final será una purga total de los rangos bajos.

Leo intentó ponerse en pie, pero un espasmo violento le recorrió el brazo. El módulo Icarus, instalado en su pecho, palpitaba con una luz ámbar que no estaba en los manuales. Kaelen sonrió, una mueca carente de humanidad. Leo comprendió entonces la verdad: el módulo no solo estaba mapeando su mech; estaba devorando su sistema nervioso para alimentar la red de la Corporación. Tenía el poder para ganar, pero cada victoria lo acercaba a la aniquilación total. El examen final era una trampa, y él era el único sujeto de prueba que quedaba en pie.

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