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Chapter 7: El Desafío de Valky

Leo y Valeria sobreviven a una trampa de entrenamiento diseñada por Kaelen. Valeria revela que ella también es un peón de la Corporación Vane, forzando una alianza tensa mientras el módulo Icarus comienza a afectar la salud de Leo.

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El Desafío de Valky

El zumbido de los drones de seguridad de Kaelen en el Hangar 4 no era un sonido ambiental; era una cuenta regresiva. Leo Valenti observaba el Cargador-V, su único ancla en la academia, con la carcasa chamuscada y las luces de estado parpadeando en un naranja errático. El treinta por ciento de su integridad estructural se había esfumado en el último duelo. Era un coste que su cuenta de mantenimiento, ya en números rojos, no podía cubrir.

—Valenti, detente —la voz de Valeria Soler resonó, fría y cortante.

Leo no se giró. Escuchó el chasquido metálico de un arma de datos siendo liberada de su funda. Valeria no buscaba una charla; buscaba la telemetría que él había extraído de los servidores durante la auditoría. Si ella entregaba esos registros a Kaelen, el Director tendría la excusa perfecta para ejecutar una purga.

—¿Vas a disparar, Soler? —preguntó Leo, dándose la vuelta.

Sus ojos buscaron los de ella, detectando una grieta en su fachada aristocrática. No había desdén, sino un miedo visceral.

—Sabes lo que hay en esos servidores —dijo ella, bajando el arma apenas un milímetro—. La Corporación Vane no está buscando pilotos. Está buscando procesadores biológicos para sus nodos de control. Si Kaelen sabe que tienes la prueba, te borrará antes de que el sol se ponga.

El módulo 'Icarus' en su pecho latió al unísono con su pulso acelerado. —Entonces, ¿qué quieres? ¿El crédito por mi cabeza o la verdad?

—Quiero sobrevivir —respondió ella—. Si oculto la telemetría, el sistema marcará tu mech como 'error de sensor' y no como 'amenaza'. Pero a cambio, necesito que me cubras en la siguiente fase. Kaelen nos ha puesto en el mismo equipo de rescate. Es una trampa mortal.

La simulación en el Sector Delta fue una carnicería diseñada para forzar a Leo a sobrecargar el Icarus frente a los sensores. A mitad de la prueba, un proyectil de plasma rasgó el escudo de Valeria. El sistema de soporte vital de su unidad emitió un pitido agónico: un fallo crítico inducido por Kaelen.

—¡No puedo moverme! —gritó Valeria por el canal privado—. ¡Es un bloqueo remoto! ¡Sal de aquí, te están usando para medir la potencia del módulo!

Leo apretó los dientes, sintiendo el calor del núcleo de energía subiendo por su espalda. Tenía dos opciones: dejar que Valeria fuera eliminada y salvarse, o arriesgar su propia integridad estructural para romper el bloqueo. Inyectó energía bruta en el Icarus. Un dolor agudo le atravesó el cráneo, pero el Cargador-V respondió con una velocidad inhumana. Se abalanzó sobre el mech de Valeria, usando su propio cuerpo como escudo para desviar la ráfaga de los drones mientras, con un movimiento técnico imposible, hackeaba la frecuencia de control de Kaelen. Los drones estallaron, pero el Cargador-V quedó inerte, con el sistema de refrigeración al borde del colapso.

Horas después, escondidos en los túneles de servicio, el silencio era más pesado que el metal que los rodeaba.

—Kaelen ha cerrado el acceso a los servidores externos —dijo Valeria, con la voz quebrada—. Ya saben que alguien filtró los registros. La firma energética de tu mech es una diana andante.

Leo se dejó caer contra la pared, sintiendo el calor residual del Icarus irradiando de su pecho. —Podrías entregarme ahora y asegurar tu posición en la Casa Soler. ¿Por qué el riesgo?

Valeria se acercó, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, antes llenos de orgullo, estaban empañados por una fatiga profunda.

—¿Mi estatus? —soltó una carcajada amarga—. Mi familia no me envió aquí para ser una cadete de élite, Leo. Me enviaron como una garantía de deuda. Soy un peón, igual que tú. Si el sistema cae, mi casa no me protegerá, me desechará.

Leo la observó, viendo por primera vez a una prisionera con uniforme de gala. Mientras ella hablaba, una luz roja comenzó a parpadear en la interfaz de su mech, y un dolor punzante en su pecho le recordó que el poder tenía un precio que su cuerpo apenas podía pagar. La alianza era real, pero el tiempo se agotaba.

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