El Precio de la Ambición
El zumbido del Cargador-V ya no era el ronroneo constante de una máquina funcional; era un quejido metálico. Al retirar el panel de acceso del núcleo, el olor a ozono y cable quemado le golpeó el rostro. El indicador de integridad estructural parpadeaba en un rojo agónico: 70%. El 30% restante se había esfumado en el duelo contra Jarek, dejando el esqueleto del mech expuesto como una herida abierta. La auditoría de nivel 1 del Director Kaelen no era una amenaza abstracta; era un proceso automatizado que devoraba cada registro de telemetría, buscando la grieta que revelara el módulo prohibido. Leo necesitaba piezas de refrigeración de grado militar antes del amanecer, o el sistema de diagnóstico de la academia lo marcaría como una anomalía irreversible.
Se deslizó por el nivel inferior del sector de mantenimiento, donde el aire sabía a grasa vieja y desesperación. El mercado negro era su única opción, un laberinto de contenedores donde los chatarreros vendían los restos del orgullo de otros. Frente a él, un hombre de ojos hundidos conocido como 'El Tuerto' golpeaba una carcasa con un soplete.
—No tengo créditos para piezas de grado A, pero tengo algo mejor —dijo Leo, dejando caer una unidad de almacenamiento de datos sobre la mesa manchada de aceite. El Tuerto se detuvo, su lente cibernético escaneando la telemetría de la última victoria de Leo. Era una secuencia de combate que desafiaba la física, mostrando cómo el Cargador-V había superado los límites de su clase.
—Esto no es solo un buen pilotaje, muchacho. Esto es una firma de energía prohibida —el chatarrero le entregó un radiador de repuesto, pero su rostro se ensombreció—. Te daré esto, pero no porque me caigas bien. La pieza que llevas instalada… la he visto antes. Pertenece a la serie 'Icarus' de la corporación que fue disuelta tras el colapso de tu familia. Si Kaelen encuentra ese número de serie, no solo te expulsarán; te borrarán.
Leo sintió un frío glacial, pero antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre la mesa. Valeria Soler estaba allí, impecable, con su tableta holográfica proyectando la misma telemetría.
—El rendimiento de tu mech es fascinante, Leo. O, mejor dicho, aterrador —la voz de Valeria era fría, precisa como un bisturí—. He cruzado tus registros. Esa respuesta de motor no es una mejora de cadete. Es un protocolo de sobrecarga que está quemando tu propio núcleo de energía. Si sigues así, no llegarás a la siguiente ronda; el mech te matará en la cabina.
Leo se tensó, bloqueando el acceso al módulo prohibido con su propio cuerpo. —No es lo que parece. Estoy reparándolo.
—Tu familia fue destruida por esta misma tecnología, ¿verdad? —Valeria dio un paso adelante, sus ojos recorriendo las soldaduras improvisadas—. Mi familia me exige purgar cualquier variable impredecible. Tú eres esa variable. Pero si te entrego ahora, Kaelen confiscará el módulo y nunca sabrás quién lo diseñó realmente. Hagamos un trato: mantén ese mech funcional para la auditoría de mañana y dame acceso a la lógica de tu módulo. Si gano mi próximo duelo usando tus cálculos, te daré el tiempo que necesitas para ocultar el rastro.
Leo no tenía margen de maniobra. Aceptó con un asentimiento breve. Al regresar a su taller, la notificación oficial brilló en su pantalla: AUDITORÍA NIVEL 1 EN CURSO. ESTADO: ANOMALÍA DETECTADA. El sistema no solo rastreaba su ubicación; estaba diseccionando la firma energética del módulo. Leo introdujo una secuencia de puenteo manual, pero el Cargador-V emitió un pulso eléctrico que le obligó a soltar la llave de impacto. Una descarga recorrió sus nervios, dejándole el brazo entumecido.
Forzó una última lectura del código fuente. La interfaz se abrió, revelando logotipos corporativos que le quitaron el aliento. El módulo no era solo un prototipo; era el corazón de la tecnología que había condenado a los Valenti al exilio. El Director Kaelen envió un mensaje directo a su terminal: una citación formal para una 'auditoría de seguridad' en su oficina al amanecer. El tiempo se había agotado, y el Cargador-V, con su integridad estructural al límite, emitió un pulso de energía que hizo temblar las paredes del taller. La auditoría no era para corregirlo; era para reclamar la pieza que le pertenecía a sus verdugos.