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Chapter 3: La Escalera de Cristal

Leo gana su duelo público contra Jarek usando el módulo prohibido, lo que le permite ascender cinco puestos en el ranking. Sin embargo, la victoria atrae una auditoría de nivel 1 del Director Kaelen y la vigilancia hostil de Valeria Soler. Al final, Leo descubre que el origen del módulo está ligado a la corporación que destruyó a su familia, complicando su supervivencia institucional.

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La Escalera de Cristal

El zumbido del Cargador-V era un grito agónico que le perforaba los tímpanos a Leo. Dentro del taller de bajo rango, el aire estaba viciado por el olor a ozono y metal quemado. El manómetro de refrigeración parpadeaba en un rojo violento: 30% de integridad estructural. Era una cifra letal. Si el núcleo colapsaba antes del duelo público, la auditoría del Director Kaelen no tendría que esforzarse para expulsarlo; el mech simplemente se convertiría en un ataúd de chatarra en medio de la arena.

Leo se secó el sudor frío de la frente con el antebrazo, manchándose la piel con grasa negra. Sus manos, expertas pero temblorosas, se deslizaban por los circuitos expuestos del chasis. El módulo pre-cataclismo, la pieza que le había otorgado esa velocidad de reacción antinatural, estaba emitiendo un calor que deformaba las aleaciones circundantes. Estaba devorando al Cargador-V desde adentro. Solo le quedaba una opción: sacrificar su propio kit de herramientas personal, un legado de su familia que contenía un núcleo estabilizador de grado militar. Con un movimiento rápido, lo integró en el sistema de refrigeración. El motor rugió, estabilizándose apenas lo suficiente. El sistema de diagnóstico lanzó una advertencia de 'Anomalía' que parpadeó en rojo sobre su pantalla de mando. No había tiempo para más.

Minutos después, en el Campo de Pruebas, el modelo 'Centinela' de su oponente, Jarek, brillaba con la pulcritud de una máquina de clase media. El público vitoreaba desde las gradas, sediento de ver al 'chatarrero' ser desmantelado. Leo ignoró la burla. Kaelen observaba desde la cabina de mando, con una expresión gélida que prometía una expulsión inmediata si el Cargador-V fallaba. La auditoría de nivel 1 ya estaba corriendo en el registro central; cada movimiento de Leo estaba siendo diseccionado por el sistema institucional.

Jarek cargó. Su Centinela se movió con una fluidez computarizada, lanzando una ráfaga de proyectiles de práctica. Leo activó el módulo prohibido. El mundo se ralentizó. La telemetría superpuso un vector de probabilidad roja sobre el pecho del Centinela: su debilidad estructural tras el primer impacto. Leo no dudó. Esquivó el ataque por un margen milimétrico, sintiendo cómo las placas de su propio mech se quejaban bajo la presión, y ejecutó un contragolpe preciso contra la articulación del brazo de Jarek. El Centinela cayó con un estruendo metálico que dejó a la multitud en un silencio absoluto.

El estruendo del hangar aún vibraba en los oídos de Leo cuando la silueta de Kaelen bloqueó la luz. Sin una palabra de felicitación, el director arrojó un dispositivo holográfico sobre la mesa de trabajo. Una notificación de auditoría carmesí parpadeó, señalando la anomalía en el flujo energético de su mech.

—Tu rendimiento fue estadísticamente imposible, cadete —sentenció Kaelen, con los ojos fijos en los circuitos expuestos—. Explícate.

—Fue una recalibración manual extrema —mintió Leo, su voz firme pese al miedo—. Forcé el gobernador térmico para compensar la fatiga del motor.

Kaelen se acercó, invadiendo su espacio personal. —Si ese trasto falla en la próxima prueba, estarás fuera y tu equipo desmantelado. No habrá segundas oportunidades.

Valeria Soler observaba desde la penumbra, sosteniendo la telemetría del combate como un arma cargada. Leo regresó a su cubículo, sintiendo el peso de la mirada de la academia. Al acceder al registro central, el monitor principal destelló en un ámbar agresivo: su rango había subido cinco puestos, pero el coste de esa visibilidad era una etiqueta roja que no desaparecía: ANOMALÍA: AUDITORÍA DE NIVEL 1 EN CURSO. Leo revisó el log del módulo prohibido en busca de respuestas. Sus dedos se detuvieron en una marca de serie desgastada por la corrosión. El corazón le dio un vuelco. Aquel código no era una secuencia aleatoria; pertenecía a la corporación que había arruinado a su familia. La escalera de cristal se volvía más alta, y él estaba escalando sobre una bomba de tiempo.

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