La rebelión del desguace
El zumbido del metal en tensión era el único lenguaje que el Sector 10 entendía, y esa noche, la nave Aethelgard gritaba. Kael, conectado a los circuitos quemados del Cazador, sentía la vibración de la estructura a través de sus huesos. No era un sismo; era la nave desprendiéndose de sus amarras espaciales. A su lado, Valeria mantenía su frame inmaculado, una mancha de elegancia técnica entre la chatarra, pero sus ojos delataban la misma urgencia: el colapso no iba a esperar a que los rangos se acomodaran.
—El tiempo de las pruebas terminó —dijo Kael, su voz amplificada por los altavoces del hangar, resonando sobre el clamor de los chatarreros. Sus palabras cortaron el aire cargado de ozono—. La academia nos dejó morir cuando la nave empezó a desintegrarse. Si queremos aire, si queremos subir, el conducto de servicio es nuestra única salida.
Un murmullo de escepticismo recorrió la plaza, hasta que Vargas, cojeando con una llave inglesa pesada en la mano, conectó un cable de datos que iluminó la pantalla central. Una radiografía en tiempo real de la estructura de la nave mostró la verdad: los niveles superiores estaban sellándose, dejando a los niveles inferiores como lastre sacrificable.
—No es un fallo, es un reinicio, Kael —rugió Vargas, señalando los puntos rojos que parpadeaban en el mapa—. El núcleo está forzando un ciclo de purga. Si no tomamos el control, seremos expulsados al vacío en menos de diez minutos.
La multitud, antes paralizada por el miedo, rugió en una mezcla de furia y desesperación. Kael no les prometió salvación, les prometió la oportunidad de arrebatarla. La alianza con Valeria, sellada en la esclusa momentos antes, era el catalizador. Ella le entregó los códigos de acceso de la élite, una tarjeta que pesaba como una sentencia de muerte.
—Si abres esa compuerta, no hay vuelta atrás —advirtió Valeria, con la voz quebrada por el peso de su propia traición de clase—. Mi familia ya me ha marcado como un activo prescindible. Si este asalto falla, ambos seremos purgados.
Kael no respondió; sus dedos rozaron los de ella, un contacto cargado de una hostilidad pragmática. Se movieron hacia los conductos de servicio, donde el Cazador comenzó a rugir con un tono metálico, un quejido agudo que vibraba en las espinas dorsales de los insurgentes. Kael apretó los controles, sintiendo cómo el calor del núcleo de singularidad se filtraba por las juntas del cockpit, quemando sus antebrazos.
El bloqueo de seguridad del Nivel 11 se erguía ante ellos: una pared de energía cinética diseñada para triturar cualquier frame no autorizado.
—Si no rompemos el nudo de flujo ahora, la presión del vacío nos succionará a todos —la voz de Vargas, transmitida por el canal privado, era un siseo tenso—. Kael, tu refrigeración está al siete por ciento. Si disparas el disipador de grafeno, te arriesgas a una fusión total.
Valeria, a la vanguardia, se posicionó a su derecha. —Hazlo, chatarrero. Si tú no abres la puerta, mi unidad será la que te ejecute por insubordinación antes de que el vacío lo haga.
Kael no dudó. Sobrepasando los límites de su sistema neurológico, activó el disipador. El grafeno, una reliquia de la Gran Purga, absorbió el calor extremo del núcleo y lo redirigió en un pulso electromagnético que hizo estallar los sistemas de bloqueo de la Academia. La barrera de energía se disipó en una lluvia de chispas azules, y los chatarreros irrumpieron en el nivel superior, superando la primera línea de defensa con la fuerza bruta de quienes no tienen nada más que perder.
El asalto final los llevó ante la entrada del núcleo. Kael, con la visión fragmentándose en una lluvia de datos prohibidos, clavó los cables del Cazador directamente al puerto principal. El impacto fue inmediato. No eran solo logs de combate; eran los planos de una estación de salto de la Gran Purga. Aethelgard no era una torre, era una nave estelar desangrándose. Mientras la estructura gemía bajo una presión inmensa, el núcleo comenzó a emitir una luz cegadora. El ascenso había terminado, pero al abrir las compuertas selladas, Kael comprendió con horror que la nave no se estaba destruyendo; se estaba despertando, revelando que el Sector 10 era apenas la primera celda de un laberinto mucho más grande.