El colapso inminente
El contador en la pared del Centro de Mando marcaba siete minutos y cuarenta segundos para la descompresión catastrófica del Sector 10. Kael lo miró una vez más, como si el número pudiera retroceder por pura voluntad. No lo hizo. La grieta principal ya había alcanzado los cuatro metros; el metal gemía como un animal herido y el aire olía a ozono quemado y a pánico contenido.
Abajo, en las plataformas de trabajo, cientos de chatarreros y familias miraban hacia arriba. Sus rostros eran máscaras de incredulidad y rabia muda. Kael había proyectado la verdad en cada pantalla pública del sector: el vacío estelar donde debería haber estado el hormigón de la “torre”, las cápsulas de escape de la élite ya lanzadas, el sello hermético de los niveles superiores. No había vuelta atrás. La mentira de Aethelgard se había roto.
—Tenemos siete minutos para redirigir la energía —dijo Kael, su voz amplificada por los altavoces del sector—. Si no lo hacemos, el conducto de transferencia se abrirá y nos tragará a todos. No voy a pedirles que confíen en mí porque tenga rango. Les pido que sobrevivan.
Un murmullo recorrió la multitud. Algunos gritaron insultos, otros simplemente asintieron con la mandíbula apretada. Kael no esperaba aplausos. Solo acción.
Activó el panel de emergencia del Cazador. El frame, con el disipador de grafeno al rojo cereza y las juntas humeando, respondió con un zumbido doloroso. El sistema neurológico le taladraba el cráneo, pero Kael ignoró el dolor. Redirigió el flujo de energía de los estabilizadores secundarios hacia los amortiguadores de inercia del sector. Era una solución improvisada, robada de los viejos logs de Vargas: veinte por ciento más de estabilidad a cambio de quemar los relés principales. Costo visible, ganancia medible. Si funcionaba, ganarían treinta minutos. Si fallaba, el sector se partiría en dos antes de los siete minutos.
La primera oleada de energía llegó. Las luces parpadearon, el gemido de la estructura cambió de tono. La grieta dejó de crecer por un instante. Kael soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo.
Entonces escuchó el rugido de motores pesados.
Una lanzadera de élite aterrizó en el hangar superior, rompiendo la pasarela con su peso. Valeria bajó primero, sin casco, el uniforme impecable contrastando con el caos. Seis soldados la flanqueaban, rifles de pulsos listos.
—Kael —su voz cortó el aire como un filo—. Estás violando el protocolo de emergencia. Entrégate ahora y tal vez conserve el Sector 10 para los que realmente lo merecen.
Kael se giró lentamente. El Cazador se alzó a su lado, articulaciones chirriando.
—Mira hacia arriba, Valeria. Tu familia ya se fue. Sellaron los niveles superiores y nos dejaron el vacío. ¿Vas a dispararme o vas a ayudarme a evitar que esto se convierta en un cementerio?
Una pasarela superior se desprendió con estruendo. El aire rugió hacia la brecha. Un técnico fue arrastrado; dos chatarreros lo sujetaron justo a tiempo. El contador bajó a seis minutos y doce segundos.
Valeria miró la grieta, el vacío, las cápsulas lejanas que ya eran puntos de luz. Su rostro perdió color. Bajó el arma un centímetro.
—No tengo códigos de acceso al núcleo —dijo, casi en un susurro—. Solo la élite los tiene.
—Vargas los tiene —respondió Kael—. Está preso en el Sector de Mantenimiento. Y tú tienes la autoridad para abrir los conductos de servicio.
Ella lo miró fijamente. El odio seguía allí, pero ahora compartía espacio con algo más crudo: miedo real.
—Si mientes, te mato yo misma.
—No miento.
Valeria giró hacia sus soldados.
—Cubran el hangar. Nadie entra ni sale sin mi orden.
Kael y Valeria se internaron en los conductos de servicio. El calor era infernal; el Cazador apenas cabía, sus placas rozaban las paredes y soltaban chispas. Cada paso hacía que el sistema neurológico gritara más fuerte. Kael sentía la sangre en la boca.
Llegaron al blindaje del Sector de Mantenimiento. Cerraduras electromagnéticas nivel 5. Valeria colocó su palma en el lector. Nada.
—Bloqueadas desde arriba —dijo ella.
Kael no dudó. Sobrecargó el núcleo de singularidad del Cazador. El frame entero tembló; una descarga azul cegadora fundió las cerraduras en un estallido de luz y calor. El dolor neurológico fue instantáneo y brutal. Kael cayó de rodillas, visión borrosa, pero la puerta se abrió.
Dentro, Vargas estaba encadenado al suelo, rodeado por cuatro guardias que apuntaban hacia la entrada. Al ver a Kael y a Valeria juntos, los guardias vacilaron.
—Bajen las armas —ordenó Valeria, su voz helada—. Esto ya no es un arresto. Es supervivencia.
Los guardias obedecieron lentamente.
Vargas levantó la vista. Sonrió con los labios partidos.
—Llegas tarde, muchacho.
—No tanto —respondió Kael, ayudándolo a levantarse—. Tenemos códigos que introducir y un núcleo que estabilizar. Y menos de cinco minutos.
Vargas miró a Valeria.
—¿Y ella?
—Aliada temporal —dijo Kael—. Hasta que salvemos la nave.
Valeria no respondió. Solo observó cómo Vargas sacaba un chip de datos oculto en su bota y lo insertaba en el panel principal. El núcleo de singularidad comenzó a responder. La estructura dejó de temblar con tanta violencia.
Pero el contador seguía corriendo.
Fuera, en el Sector 10, los chatarreros ya se organizaban. Armas improvisadas, herramientas de desguace convertidas en lanzas, plataformas móviles armadas con cañones de soldadura. No esperaban permiso. Esperaban liderazgo.
Kael salió al balcón del Centro de Mando. El Cazador humeaba a su lado, casi al límite.
—Escuchen —dijo, su voz resonando en cada pantalla—. La élite nos abandonó. Nosotros no nos abandonaremos. Vamos a tomar los conductos de servicio principales y a forzar el núcleo desde abajo. Si morimos, moriremos peleando por lo que es nuestro.
Un rugido subió desde las plataformas. No era miedo. Era furia contenida durante generaciones.
Valeria se colocó a su lado. No dijo nada. Solo cargó su rifle.
El contador marcaba tres minutos y ocho segundos.
Kael bajó la mirada hacia el Cazador. Luego hacia la multitud que ya se movilizaba hacia los accesos de servicio.
El siguiente paso no era salvarse. Era tomar el control de la nave antes de que la élite pudiera terminar su evacuación.
Y esta vez, no habría rangos que los detuvieran.