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Chapter 9: Ascenso forzado

Kael desafía a la facción de Valeria a un duelo de 'todo o nada' por el control del Sector 10. Tras una victoria técnica que expone la vulnerabilidad de la academia, el colapso físico de la nave-torre comienza, forzando un cambio de objetivo hacia la supervivencia.

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Ascenso forzado

El aire en la plataforma de mando del Sector 10 sabía a ozono y a la muerte inminente del Cazador. El frame, una reliquia de la Gran Purga, emitía un zumbido agónico mientras el vapor escapaba de sus juntas fracturadas. Kael, con el rostro cubierto de hollín y la sangre seca de una herida en la sien, no esperó a que el murmullo de la élite en el estrado se apagara. Con un gesto seco, conectó su terminal al nodo central. La proyección holográfica del log prohibido se expandió, bañando la arena en una luz azulada que revelaba la verdad oculta: Aethelgard no era una torre, sino una nave estelar en reposo.

—El Sector 10 no es un tablero para sus juegos de estatus —sentenció Kael, su voz amplificada por los altavoces, cortando el aire como un filo—. Es el sistema de soporte vital de un motor que se está apagando. Y yo soy el único que tiene las llaves para evitar que colapse.

Valeria, situada en el estrado junto a los jueces, dio un paso al frente. Su expresión era una máscara de desdén, pero sus dedos, apretados contra el borde de su consola, revelaban una tensión que no podía ocultar.

—Eres un fugitivo, Kael —dijo ella, con una frialdad que buscaba silenciar el caos—. Posees tecnología prohibida. Ejecutarte es el protocolo, no un debate.

—Entonces ejecútenme —replicó Kael, desafiante—. Pero antes, acepten el duelo. Todo o nada. Si gano, el control administrativo del sector pasa a mis manos. Si pierdo, mi frame y mi vida son suyos.

Los jueces, acorralados por la evidencia pública, no tuvieron margen de maniobra. La ejecución de Vargas quedó en suspenso, atada al resultado de la batalla. Kael sabía que el tiempo era una soga que se cerraba: su sistema de refrigeración marcaba un crítico 15% de eficiencia. Sin el disipador de grafeno que Vargas había logrado estabilizar, el núcleo de singularidad lo vaporizaría en minutos.

El duelo comenzó bajo la mirada de miles. La formación de Valeria se desplegó con precisión quirúrgica: tres mechs Paladín flanqueando su unidad de mando, una máquina de oro y acero impecable.

—Tu insolencia termina aquí —resonó la voz de Valeria por el canal abierto—. El Sector 10 será purgado.

Kael no respondió. Sus manos volaban sobre la consola, ajustando los códigos de inyección de refrigerante que había extraído del registro. Cuando Valeria lanzó su ofensiva, Kael no buscó el desgaste. Activó el motor de salto a baja potencia. El Cazador se teletransportó, apareciendo a centímetros de la unidad de mando de Valeria. Un golpe preciso, calculado, inhabilitó el sistema de energía de la heredera. El Paladín cayó, y con él, el orden establecido de la academia se resquebrajó.

Pero la victoria fue un espejismo. Un estruendo profundo, nacido de las entrañas de la nave, sacudió la arena. El suelo se desplazó. Las luces de neón parpadearon en un rojo mortecino antes de estallar. Kael forzó sus sensores, ignorando el aviso de fallo térmico. Lo que vio le heló la sangre: el techo del nivel superior se agrietaba, exponiendo no acero, sino la oscuridad absoluta del vacío espacial. Aethelgard estaba muriendo, y la realidad de su naturaleza estelar se desplomaba sobre sus cabezas.

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