El nuevo rango
El núcleo de singularidad no emitía un sonido; era un terremoto de baja frecuencia que martilleaba la médula espinal de Kael. El Cazador, su frame, crujía bajo la presión, con las juntas de metal calcinadas por la sobrecarga de datos. Frente a él, la consola central de la Academia, antes un altar de exclusividad, parpadeaba con una luz roja que no era de error, sino de despertar. Aethelgard no era una torre; era una nave estelar varada que comenzaba a reiniciar sus sistemas tras siglos de estasis.
—Kael, si no cortas la conexión, tu sistema neurológico se fundirá —la voz de Valeria, filtrada por la radio, sonaba quebrada. Ella estaba en la unidad de control auxiliar, conteniendo a duras penas al escuadrón de élite que intentaba recuperar el acceso. Su lealtad a la casta se había desmoronado al ver el abismo de la realidad: la élite no protegía la torre, la secuestraba.
Kael apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre. La sobrecarga del disipador de grafeno era total, pero los datos fluían. Con un movimiento brusco, inyectó la secuencia de reinicio que Vargas le había entregado. La pantalla del centro de mando se llenó de esquemas de propulsión de salto y logs de navegación que databan de antes de la Gran Purga. El sistema de rangos, la base de su miseria, comenzó a colapsar bajo el peso de la verdad.
—No puedo soltarlo, Valeria —respondió Kael, su voz un hilo de acero—. Si el reinicio se completa sin que toda la torre vea la verdad, la élite enterrará este hallazgo bajo toneladas de escombros.
Valeria giró su frame, proyectando los datos sobre la plaza central del nivel 11. Las imágenes no eran abstractas: eran mapas estelares y logs de navegación prohibidos. De pronto, las compuertas de seguridad del núcleo se fundieron bajo un estallido de chispas blancas. El zumbido se convirtió en un grito agudo que perforó los implantes de Kael. La cabina del Cazador se iluminó con una estela de datos azul cobalto; ya no era solo una estructura de metal, sino el sistema nervioso de una nave estelar despertando.
—¡Míralos! —rugió Vargas por el canal abierto, golpeando el panel de control con una herramienta para estabilizar el núcleo—. ¡La élite no protege la torre, la secuestra!
La jerarquía se rompió. Los habitantes de los niveles inferiores, al ver los mapas estelares proyectados en el cielo artificial, comprendieron que su miseria no era destino, sino negligencia. Kael sintió el peso de la responsabilidad. Había ganado el duelo y expuesto la corrupción, pero su cuerpo estaba al límite.
El núcleo de la torre se reinició con un destello cegador. Cuando la luz se disipó, la estructura de la ciudad-nave comenzó a vibrar con una potencia desconocida. Kael miró los datos finales en su visor: las coordenadas no apuntaban al vacío, sino a un sector del espacio prohibido. El ascenso por los pisos de Aethelgard había sido solo el primer nivel de un juego mucho más grande, y el verdadero mapa de la nave apenas comenzaba a desplegarse ante sus ojos.