La jerarquía de los neones
El aire del Nivel 11 no olía a la grasa quemada ni a la humedad ácida del desguace; sabía a ozono refinado y a una esterilidad que golpeaba los pulmones como un insulto. Kael emergió de la escotilla de mantenimiento con el Cazador gimiendo bajo una carga de energía inestable. El chasis, marcado por las cicatrices de la arena, soltaba volutas de vapor negro. Dentro de la cabina, la interfaz neurológica era un incendio estático; cada conexión enviaba agujas de fuego a su corteza cerebral.
—Alerta: Objetivo de Purga identificado. Protocolo de contención Nivel 11 activado —la voz sintética de la torre resonó en su casco, fría y desprovista de toda humanidad. Kael apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. En el monitor táctico, los drones de seguridad de la academia comenzaban a converger hacia su posición, pequeñas estrellas rojas en un mapa que se cerraba como una trampa. No podía luchar contra un escuadrón de élite con el sistema de refrigeración al borde del colapso. Utilizó el disipador de grafeno, su única ventaja, para forzar un reinicio de emergencia que silenció brevemente la baliza de rastreo. Se dejó caer en un almacén de carga, ocultándose entre contenedores de aleación, consciente de que ahora era un fugitivo en territorio enemigo.
Al salir a la plaza central, el choque fue brutal. La élite de Aethelgard se movía como espectros de seda y metal pulido. Valeria lo interceptó bajo los neones fríos, su túnica de fibra óptica reflejando la luz de la bóveda. Sus ojos, calculados y afilados, recorrieron el desgaste de la chaqueta de Kael.
—Tu presencia aquí es un error de sistema, chatarrero —dijo ella, con una voz que cortaba el aire—. El Cazador no es una máquina; es una baliza de ejecución. La seguridad de la torre no tarda en purgar los errores.
Kael no retrocedió. Sabía que ella buscaba confirmar si él poseía los logs maestros. —Un error, Valeria, o quizás la única verdad que Aethelgard ha intentado enterrar bajo capas de metal y mentiras —respondió él, dejando caer un detalle técnico sobre la arquitectura estelar del núcleo que solo alguien con acceso a los registros prohibidos conocería. La expresión de Valeria vaciló, una grieta en su máscara de perfección. Kael aprovechó el desconcierto para escabullirse hacia el distrito industrial.
La red de seguridad se cerró con una eficiencia aterradora. Los drones de la academia escaneaban cada firma energética. Kael, acorralado, tomó una decisión desesperada: hackeó un nodo de datos de la facción local, sacrificando su anonimato por una distracción masiva. La explosión del nodo sumió al sector en un caos electromagnético, permitiéndole arrastrar al Cazador hasta un taller clandestino.
En la penumbra del taller, mientras las chispas saltaban de las placas laterales del frame, Kael conectó el disipador de grafeno al núcleo. La desencriptación parcial del log reveló un mapa: un motor de singularidad oculto en la zona de mando. No era solo energía; era el corazón de la nave estelar. Pero el alivio duró poco. Un pitido estridente perforó el aire: la seguridad había triangulado su posición exacta. La puerta del taller fue derribada por un escuadrón de élite. Mientras el metal se retorcía bajo los disparos, Kael cargó la secuencia de combate, sabiendo que el siguiente paso no era solo sobrevivir, sino alcanzar el núcleo antes de que la torre lo borrara por completo.