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Chapter 9: Alianzas de Óxido

Mateo sobrevive a la auditoría, pero su bastidor está al límite. Tras una breve confrontación con Valeria, quien confirma la naturaleza prohibida de su tecnología, Mateo regresa al taller donde otros pilotos endeudados buscan su ayuda. La Academia anuncia la final en un campo de minas, forzando a Mateo a una estrategia defensiva desesperada mientras la resistencia de los pilotos marginados comienza a consolidarse.

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Alianzas de Óxido

El zumbido del núcleo prohibido aún perforaba los nervios de Mateo, una descarga eléctrica que le hacía vibrar los dientes. Dentro de la cabina del 404, el indicador de integridad parpadeaba en un rojo agónico: 28%. Cada articulación del bastidor emitía un chirrido de acero fatigado, un lamento metálico que pedía clemencia. Mateo soltó las palancas, pero sus dedos, rígidos por el espasmo de la maniobra de anulación, se negaban a obedecer. Tenía el sabor a cobre en la lengua y una mancha de sangre seca recorriéndole el labio inferior.

Fuera, el silencio en la arena del Yunque era denso, casi táctil. Los oficiales de la Junta avanzaban con sus uniformes impolutos, sus botas resonando con una cadencia militar que marcaba el tiempo de una confiscación inminente. El jefe de campo, con la voz amplificada por los altavoces, cortó el aire estancado: —Piloto Ríos, abandone la unidad. La auditoría ha concluido. El bastidor será remolcado para una inspección de nivel cinco.

Mateo sintió un vacío gélido. Si le arrebataban el 404 ahora, su licencia de piloto se convertiría en papel mojado y su deuda de 15.200 créditos lo enterraría bajo una montaña de intereses administrativos. Antes de que los oficiales alcanzaran la escotilla, una sombra se interpuso: el Viejo Tavo, con sus manos manchadas de grasa y una mirada que destilaba años de desprecio por la autoridad, bloqueó el acceso. El anciano intercambió palabras secas con los oficiales, una disputa que ganó segundos vitales. Fue suficiente para que Mateo forzara un reinicio del sistema que mantuvo al 404 en pie por puro milagro. Escoltado fuera de la arena bajo una vigilancia asfixiante, Mateo supo que su máquina era apenas un cascarón a punto de desintegrarse.

En los pasillos de contención, el aire sabía a ozono y desesperación. Valeria Vane interceptó a Mateo, su presencia impecable contrastando con el hollín que cubría el rostro del piloto. Sus ojos, afilados como sensores de precisión, no buscaban el miedo, sino una respuesta.

—Tu técnica de anulación no figura en los manuales, Ríos —dijo ella, bajando la voz—. Reconozco la firma energética. Es el trabajo de Tavo. ¿Cómo lograste saltarte las leyes físicas sin que el bastidor se convirtiera en chatarra?

Mateo sintió el escozor del retroceso neuronal, una quemazón que le nublaba la visión. —El núcleo no es una mejora estándar, Valeria. Es un sistema de supervivencia para los que no tenemos nombre en los registros de la Academia —respondió, manteniendo la mirada.

Valeria guardó silencio un instante. La heredera, atrapada entre su linaje y la verdad que Mateo encarnaba, tomó una decisión. —Te dejaré pasar esta vez. Pero ten cuidado: la final está amañada. Saben lo que tienes en el pecho, y no planean dejarte salir de la arena por tus propios medios.

De vuelta en el taller, el ambiente era una olla a presión. Mateo se desplomó contra el chasis del 404, mientras Tavo ajustaba un estabilizador de giro arrancado de una unidad siniestrada. La puerta se deslizó, revelando a un grupo de pilotos de los niveles inferiores. Eran hombres y mujeres con uniformes deshilachados que habían visto la maniobra de Mateo en la arena.

—Dicen que lo hiciste —dijo una de las pilotos, con el parche de rango 190—. Dicen que el 404 ignoró el protocolo de bloqueo. Enséñanos cómo.

Mateo, con las manos aún temblorosas, conectó su unidad de datos al monitor central. Mostró los esquemas de la técnica de anulación, una arquitectura prohibida que desafiaba la lógica del sistema de deuda de la Academia. La desconfianza inicial de los pilotos se disolvió ante la evidencia: el sistema era vulnerable. Al ver los diagramas, la esperanza comenzó a arder en sus ojos. Sin embargo, Tavo interrumpió, señalando una alerta en el panel de sensores: la Academia los había detectado.

El comunicado oficial llegó poco después, parpadeando en la pantalla principal como una sentencia: la final se llevaría a cabo en el sector siete, un campo de minas diseñado para pulverizar cualquier bastidor con integridad inferior al 50%. Mateo comprendió la trampa: no buscaban una competencia, sino su destrucción pública.

—No podemos repararlo para la velocidad —dijo Mateo, sus dedos moviéndose con una frialdad mecánica sobre el panel—. Si intento ganarles en los giros, el bastidor se partirá. Necesito que sea un muro. Voy a redirigir toda la capacidad del núcleo hacia los escudos cinéticos.

Los pilotos endeudados se acercaron a él, jurando lealtad en el silencio del taller. La resistencia había comenzado. Mientras Mateo observaba el mapa del campo de minas, supo que la final no era solo una prueba de habilidad, sino una apuesta final donde su propia vida era el combustible.

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