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Chapter 8: Prueba de Fuego Público

Mateo sobrevive a la emboscada inicial en la arena usando el núcleo prohibido al 100% de sincronización, forzando una maniobra de anulación que desestabiliza a sus atacantes. Valeria Vane interviene sutilmente a su favor, mientras otros pilotos endeudados comienzan a agruparse tras él, transformando la prueba de ejecución en un foco de rebelión.

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Prueba de Fuego Público

El zumbido del núcleo prohibido no era un sonido, sino una vibración que le taladraba los dientes. Mateo Ríos apretó los puños, sintiendo cómo el flujo de energía sintética se entrelazaba con sus terminaciones nerviosas en una danza agónica. A su lado, el Viejo Tavo le sostenía el hombro con manos temblorosas, su rostro surcado por décadas de culpa y grasa industrial.

—Si sincronizas al cien por ciento, tu cerebro no aguantará más de diez minutos —susurró Tavo, con la voz quebrada—. Es un suicidio técnico, Mateo. La Junta no quiere una pelea; quiere un cadáver que sirva de advertencia.

Mateo no respondió. Sus ojos estaban fijos en el monitor de diagnóstico: la integridad de su bastidor 404 marcaba un patético 32%. Debajo, el contador de deuda destellaba en rojo: 15.200 créditos. Un golpe seco resonó contra la puerta metálica del taller. Los oficiales de la Junta habían llegado, escoltando a Valeria Vane. Ella no miraba a Mateo con desprecio, sino con una curiosidad gélida que le heló la sangre. Ella sospechaba la verdad: ese núcleo no era una reparación, sino un anatema.

—El tiempo de cortesía terminó, Ríos —la voz del oficial cortó el aire—. La arena te espera.

Al entrar en «El Yunque», el aire se volvió irrespirable, una mezcla de ozono quemado y el sudor de cien pilotos que aguardaban su desguace. Apenas Mateo se posicionó, el sistema de la arena anunció el cambio de protocolo: «Objetivo 404 marcado como Recurso de Liquidación. Recompensa: diez mil créditos y condonación de deuda».

El círculo se cerró al instante. No eran oponentes aleatorios; eran los «limpiadores» de la Academia, pilotos de rango medio comprados para asegurar que el 404 no viera el siguiente amanecer. Cuatro bastidores clase-B, brillantes y sin una sola muesca, se deslizaron en formación de tenaza.

—No te muevas —siseó Tavo por el comunicador—. Si ese núcleo dispara energía sin estabilizador, tu cerebro se convertirá en papilla.

Mateo ignoró la advertencia. Sintió el primer espasmo en su nuca, una punzada fría que descendía por su columna. La pantalla de mando parpadeó en rojo: Advertencia: Sobrecarga neuronal inminente.

—No hoy —masculló Mateo.

En lugar de retroceder, inyectó una ráfaga de energía bruta en los estabilizadores. El 404 no se movió según las leyes de la física académica; se deslizó en un ángulo imposible, una estela de interferencia electromagnética que dejó a los Vanguardia ciegos por un segundo. Fue una maniobra de anulación, una firma técnica que solo Tavo conocía. Los bastidores enemigos chocaron entre sí, desorientados por la onda de choque.

Valeria Vane, observando desde la plataforma de mando, desvió brevemente a un atacante que se acercaba al flanco de Mateo, una intervención mínima pero calculada. Ella sabía que él era la clave para descifrar el legado prohibido de Tavo.

Mateo, con la visión nublada por el sangrado nasal que comenzaba a manchar su visor, se dio cuenta de que la única forma de sobrevivir era elevar la apuesta. La prueba de supervivencia apenas comenzaba, y el resto de los pilotos endeudados, viendo la brecha abierta por su técnica prohibida, empezaron a rodearlo. No para destruirlo, sino para seguirlo. La verdadera lucha por el escalafón había dejado de ser una prueba de rango; se había convertido en una rebelión silenciosa que la Academia no podría contener.

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