El Límite del Núcleo
El zumbido del bastidor 404 no era un sonido mecánico; era un quejido agónico que le taladraba los dientes. Mateo Ríos estaba sentado en el asiento de mando, con los cables de la interfaz neuronal enterrados en la base de su cráneo como raíces de metal frío. La integridad del bastidor se estancaba en un 32%, una cifra que palpitaba en rojo sobre la consola, proyectando una luz enferma sobre sus manos manchadas de grasa vieja.
—¡Detente, Mateo! —la voz de Tavo sonó rasposa, cargada de una urgencia que no admitía réplicas—. Si fuerzas el núcleo para descifrar esos datos, no habrá bastidor que salvar después. Tu sistema nervioso no es un disipador de calor, es tu vida.
Mateo no respondió. Sus dedos se movían sobre el panel táctil, intentando forzar el dispositivo cifrado que Valeria Vane le había entregado. Cada vez que intentaba penetrar la capa de seguridad, una descarga de estática pura recorría su columna vertebral. Una gota de sangre caliente resbaló de su fosa nasal, manchando el metal frío de la consola. La Junta de la Academia no le daría una segunda oportunidad: o descifraba el origen de ese núcleo y encontraba un punto de ventaja táctica, o la confiscación definitiva sería el fin de su escalada.
—Es tecnología de anulación, Tavo —masculló Mateo, con la voz quebrada por el esfuerzo—. El núcleo no solo procesa energía, la reescribe. Es una firma de diseño, la tuya.
Tavo se quedó helado, su mano, apoyada en el chasis del 404, tembló. El aire en el taller era una mezcla espesa de ozono quemado y el sudor frío de Mateo. El bastidor, suspendido por cadenas hidráulicas que gemían bajo su peso, parecía un animal herido. En el centro del pecho, el núcleo prohibido pulsaba con una luz violeta que desafiaba cualquier lógica de la Academia. Mateo apretó los dientes mientras la interfaz enviaba agujas de fuego directo a su córtex. Entonces, el archivo se abrió. No era una simple clave; era un sello personal que coincidía con los planos de los bastidores de la antigua resistencia, los mismos que su mentor había custodiado hasta su muerte.
—Esto no es solo un arma —dijo Mateo, limpiándose la sangre con el dorso de la mano—. Es un espejo. Está diseñado para alguien que cargue con el mismo peso de deuda y rabia que yo.
—No es un regalo, es una condena —advirtió Tavo, lanzando una llave inglesa sobre la mesa—. Si lo sincronizas al 100%, no habrá vuelta atrás. Tu cerebro pagará el precio que el bastidor no puede absorber.
Mateo no lo escuchó. Cerró los ojos y, por primera vez, dejó que el núcleo fluyera sin restricciones. La inmensidad del poder recorrió sus venas, una oleada de frío metálico que hizo que el 404 emitiera un brillo violáceo, casi cegador. El bastidor dejó de ser un montón de chatarra para convertirse en una extensión de su propia voluntad.
De repente, las puertas de metal del taller se deslizaron con un siseo neumático. La luz estéril del pasillo de la Academia inundó el cubículo. Valeria Vane entró, impecable, con el uniforme de piloto de élite que contrastaba violentamente con la grasa y el hollín del taller. Detrás de ella, dos agentes de la Junta aguardaban como buitres.
—El Yunque no espera, Ríos —dijo Valeria, su voz gélida ocultando apenas una chispa de preocupación—. La Junta sabe que tienes algo prohibido. Esta revancha es una trampa, una ejecución pública disfrazada de prueba de rango. Si no sales ahora, vendrán a buscarte con cargas de demolición.
Mateo se puso en pie, tambaleándose. El dolor neuronal era una marea creciente, una presión que amenazaba con romperle el cráneo. Tavo lo agarró del brazo, con los ojos llenos de una súplica desesperada.
—Mateo, mírame. Si entras en esa arena con el núcleo al máximo, tu sistema nervioso se freirá antes de que suene la primera alarma. ¡Detente!
Mateo se soltó, subiendo al bastidor. El dolor era insoportable, pero era el único combustible que le quedaba para escalar. Mientras el 404 se encendía, listo para la carnicería, Mateo sintió cómo la realidad se distorsionaba bajo el peso de su propia ambición. La revancha comenzaba, y él era el objetivo principal.