La Sombra del Linaje
El 404 no rugía; se quejaba. Cada vez que Mateo accionaba los actuadores, el chasis emitía un chirrido metálico, un recordatorio constante de que su integridad estructural se había desplomado al 32%. En el taller, el aire estaba cargado de ozono y el olor acre del aceite quemado. Mateo se limpió el sudor de los ojos con el dorso de la mano, manchándose la frente de grasa negra. Sus dedos, aún atrapados en un espasmo fino por el retroceso neuronal del duelo, golpearon accidentalmente la consola.
—Déjalo, Mateo —la voz de Tavo era un crujido de lija—. Si fuerzas el núcleo otra vez, no solo convertirás este bastidor en un ataúd. Te freirás las sinapsis. Mira tus manos.
Mateo miró. Sus dedos temblaban con una cadencia rítmica, el residuo del enlace neuronal. Tavo lo observaba desde la penumbra del taller, con los hombros hundidos bajo una culpa que no lograba ocultar. Mateo sabía que la ferocidad del núcleo no era casualidad; era la firma de un ingeniero proscrito, la firma de Tavo.
—No tengo margen —respondió Mateo, su voz seca—. La Junta bloqueó mis fondos tras el duelo. Si no gano la revancha, el cierre estacional me expulsará. Debo 15.200 créditos. Si pierdo la licencia, la deuda no desaparece; me desguazan a mí.
Mientras tanto, en la suite de la familia Vane, el mármol pulido parecía absorber cualquier rastro de calidez. Valeria observaba la telemetría del 404 proyectada en el aire: una línea errática que desafiaba la lógica de la Academia. Su padre, un hombre cuya presencia era una presión constante, golpeaba el cristal con los nudillos.
—Ese desguace es una anomalía, Valeria —sentenció él, sin mirar a su hija—. El informe de la Junta es claro: el núcleo de Ríos es tecnología proscrita. Si no presentas la denuncia formal, la responsabilidad recaerá sobre tu expediente. Tu linaje no admite errores.
Valeria sintió la jaula de cristal cerrarse. Al analizar la firma energética, comprendió que no era un fallo, sino una arquitectura de diseño borrada de los registros oficiales. Si denunciaba a Mateo, la patente moriría con él, y ella nunca sabría cómo Tavo logró lo imposible. La curiosidad, peligrosa y punzante, se impuso a la lealtad familiar.
Al día siguiente, el hangar del Yunque estaba bajo asedio. Inspectores de la Junta, con uniformes impecables y ojos de acero, escaneaban el 404. El contador de integridad parpadeaba en un rojo alarmante: 32%. El inspector principal se detuvo ante el estabilizador de giro.
—Explícame, Ríos, por qué una máquina de desguace tiene componentes de grado militar no registrados —exigió el hombre.
Mateo sintió el latigazo en la base del cráneo, el eco del retroceso. Antes de que pudiera articular una mentira, una comunicación cifrada saltó en su terminal. Era Valeria. La señal contenía un bypass temporal que desviaba los sensores de la Junta hacia un error de lectura en el servidor central. Los inspectores, presionados por el inminente cierre estacional, gruñeron y cerraron el reporte, forzando una revancha pública inmediata como única forma de «limpiar» el expediente.
Horas después, en los pasillos restringidos, Mateo encontró a Valeria. Ella no lo miró, pero le deslizó un dispositivo cifrado.
—Tu bastidor es una anomalía, Mateo —dijo ella, con los nudillos blancos—. Ese núcleo es el diseño de Tavo, una reliquia que la Academia borró hace veinte años. Si la Junta descubre quién lo construyó, ambos estamos muertos.
Mateo tomó el dispositivo. El dolor en sus sienes se volvió insoportable, una punzada eléctrica que le nubló la vista. La sincronización estaba fracturando su sistema nervioso. Mientras ella se alejaba, él sintió un espasmo violento en la mano. El 404 estaba muriendo, y él con él. Tavo, observándolo desde la puerta, le hizo una seña para que se detuviera, pero Mateo solo pudo apretar el dispositivo contra su pecho. La escalera se volvía más empinada, y él apenas podía mantenerse en pie.