Duelo en el Yunque
El portón del taller de Tavo se cerró con un chirrido que resonó en los huesos de Mateo. El estabilizador militar, una pieza robada que aún conservaba el frío del mercado negro, pesaba en su mochila como una sentencia de muerte. Integridad del 404: 32%. Deuda: 15.200 créditos. Rango 148. Y el cierre estacional del escalafón, esa guillotina burocrática que decidiría si su licencia de piloto terminaba en la basura, estaba a menos de setenta y dos horas.
—Chatarra —la voz de Valeria Vane cortó la penumbra como un bisturí. Estaba apoyada contra el banco de trabajo, su uniforme de la Academia impecable, un insulto visual frente al óxido que cubría los nudillos de Mateo. El viejo Tavo, a un paso de ella, tenía las manos temblando sobre una llave inglesa; su rostro era una máscara de ceniza.
Valeria deslizó un datapad sobre la mesa. En la pantalla, el espectro del núcleo prohibido palpitaba con una firma energética inconfundible: la huella digital del diseño de Tavo.
—Sé que es suyo —dijo ella, sin apartar la mirada de Mateo—. Y sé que lo has forzado dos veces. La Academia tardará horas en procesar la lectura, pero yo no necesito horas. Te ofrezco un trato.
Mateo soltó la mochila. El estabilizador golpeó el suelo con un sonido metálico que pareció sellar su destino.
—¿Vas a denunciarme o prefieres verme morir en el Yunque? —respondió él, con la voz seca.
—Quiero una revancha —replicó ella—. En el campo de pruebas. Si ganas, mi silencio es tuyo. Si pierdes, el 404 será desguazado y tú terminarás en las minas de deuda antes del amanecer.
El Yunque estaba bañado en una luz estéril. Cuando Mateo puso en marcha el 404, el bastidor gimió, una queja de metal fatigado que contrastaba con el zumbido armónico del Valkiria de Valeria. Ella era la perfección técnica; él, una anomalía remendada. Mateo ignoró las alertas de integridad estructural que parpadeaban en rojo en su visor y activó el Overdrive. El bastidor se sacudió con una violencia que le sacudió los dientes; el sistema de refrigeración chilló al borde del colapso.
Se lanzó. El 404 se deslizó por un ángulo imposible, una maniobra que desafiaba la física de su clase. Valeria disparó, pero su haz de energía fundió el aire donde Mateo había estado una fracción de segundo antes. Él estaba encima de ella. El sistema de refrigeración del 404 explotó en una nube de vapor tóxico, pero su golpe de gracia inmovilizó el servomotor derecho del Valkiria.
Victoria. El público, que esperaba un desguace rápido, estalló en un murmullo de incredulidad que pronto se convirtió en un coro coreando su nombre.
La victoria, sin embargo, fue un espejismo. En la plataforma de control, el sistema de la Academia reajustó los márgenes en tiempo real, confiscando sus ganancias bajo el pretexto de «tasas por reparación de daños a la infraestructura». La cuenta de Mateo quedó bloqueada. Valeria se acercó al bastidor humeante. Sus ojos no mostraban odio, sino una chispa de curiosidad peligrosa.
—Tu bastidor es una anomalía, Ríos —dijo, bajando la voz—. Si la Junta supiera lo que Tavo escondió en ese pecho de metal, no estarías en el rango 148. Estarías en el desguace permanente.
Le entregó un pequeño dispositivo cifrado.
—No te estoy salvando a ti, estoy salvando el misterio de tu núcleo. Si vuelves a aparecer mañana, la Junta no enviará a un rival, enviará a un escuadrón de limpieza. Prepárate.
De vuelta en el taller, Tavo observaba la firma energética en el monitor, con los ojos empañados por una culpa antigua.
—El núcleo no es solo hardware, Mateo. Es una huella. La mía. Lo diseñé antes de que el Sistema decidiera que mi deuda debía ser heredada por mis aprendices.
Mateo sintió un vacío en el estómago. La élite corporativa, enfurecida por la derrota de Valeria, ya había emitido un comunicado: una auditoría inmediata y una revancha obligatoria bajo supervisión directa. Mateo miró su bastidor. Sin piezas de repuesto, con la integridad al límite y la mirada de la Academia clavada en su cuello, la revancha no era una prueba de habilidad, sino una ejecución programada. Habían bloqueado todos sus canales de suministro. Estaba solo, con un bastidor roto y un secreto que, de revelarse, lo convertiría en el objetivo más buscado del sector.