Fricción y Gloria
El estabilizador de giro del bastidor 404 no solo chirriaba; gritaba. Cada vibración del metal fatigado subía por los anclajes neuronales y se clavaba en la base del cráneo de Mateo como un clavo oxidado. En el monitor de diagnóstico, el número parpadeaba con una crueldad matemática: Integridad: 38%.
Mateo se dejó caer sobre el suelo del taller, con las manos manchadas de una grasa negra que ya no salía ni con solvente industrial. La pantalla de su cuenta personal mostraba el saldo tras la última prueba: 15.200 créditos de deuda. La Academia no le había pagado; le había cobrado por el "desgaste de pista" y el "uso de infraestructura". Su victoria en la arena no había sido un peldaño, sino una trampa diseñada para mantenerlo atado al suelo.
—Deja de esconder la herramienta de calibración, Tavo —dijo Mateo, sin mirar al viejo. Su voz sonaba más ronca de lo habitual, un efecto secundario del retroceso neuronal—. He visto los archivos de desguace de la vieja guardia. Los números de serie en este núcleo no son un error de fábrica. Tienen tu firma. Tu estilo de soldadura en frío.
El Viejo Tavo, oculto en la penumbra del rincón donde guardaba las piezas prohibidas, dejó de limpiar un pistón. El silencio que siguió fue más pesado que el ruido de las prensas hidráulicas del exterior.
—El pasado es un lastre que te hundirá, chico —respondió Tavo, su voz como papel de lija sobre acero—. Si la Academia detecta que estás usando un núcleo sin certificado de origen, no te van a desguazar. Te van a borrar del sistema. Ese núcleo no es solo tecnología; es una sentencia.
Mateo no respondió. Se conectó al núcleo. La pantalla de diagnóstico se iluminó con un pulso azulado, una frecuencia errática que se sincronizó con su propio corazón. No era un diseño genérico. Era el bastidor de su mentor, el hombre que Tavo había intentado salvar antes de que la Academia lo consumiera. La verdad le golpeó con la fuerza de un impacto cinético: Tavo no era solo un mecánico borracho; era el arquitecto de la única tecnología capaz de desafiar la jerarquía de la Academia.
Sin perder un segundo, Mateo se deslizó hacia los niveles inferiores de 'El Yunque', el mercado negro donde la ley se diluía en el vapor de los conductos de refrigeración. Necesitaba un estabilizador de grado militar, y lo necesitaba antes de que el sistema de vigilancia detectara su firma energética.
El aire allí abajo sabía a ozono quemado y desesperación. Mientras esquivaba a una patrulla de la Academia, Mateo ejecutó una maniobra de distracción: sobrecargó un bastidor de carga cercano. El cortocircuito resultante sumió el sector en una oscuridad total. En el caos, arrebató el estabilizador de un puesto de desguace. El precio fue inmediato: el esfuerzo de la maniobra, sumado a la inestabilidad de su núcleo, redujo la integridad de su bastidor al 32% al regresar al taller.
Al instalar la pieza, el metal chirriaba bajo sus manos, pero el estabilizador encajó. Entonces, el taller se quedó en silencio. Una sombra se proyectó sobre la entrada. Valeria Vane, con su uniforme de la élite impecable, una mancha de pureza en el caos industrial del Yunque, lo observaba con una mezcla de desprecio y una obsesión que no podía ocultar.
—La Academia sabe que hay una anomalía en el sector, Ríos —dijo ella, sus ojos recorriendo el bastidor 404—. Ese núcleo no debería estar operativo. Te exijo una revancha inmediata. Si pierdes, tu bastidor es mío y tu licencia será revocada permanentemente.
Mateo miró el bastidor. La integridad era precaria, apenas suficiente para sostenerse en pie, y no tenía más repuestos. El sistema lo había acorralado, pero al observar la firma energética que resonaba en el núcleo, comprendió que no estaba luchando solo por su deuda, sino por la verdad de un legado que la Academia quería enterrar. La revancha era inevitable, y el precio de la supervivencia acababa de subir.