El Cierre de Temporada
El aire en el taller de Tavo era una mezcla espesa de ozono, refrigerante quemado y la desesperación de doce pilotos que se negaban a morir en el desguace. Mateo Ríos, con el hombro derecho entumecido por el retroceso neuronal, observaba cómo el bastidor 404, su única posesión y su única sentencia, parpadeaba con una luz ámbar agónica. Veintiocho por ciento de integridad estructural. Era un esqueleto de metal que se sostenía por pura voluntad y las soldaduras prohibidas de Tavo.
—Si intentas otra maniobra de anulación con este chasis, la estructura colapsará sobre ti antes de que el motor termine de girar —gruñó Tavo, sin levantar la vista de un núcleo de energía violeta que zumbaba con una frecuencia antinatural—. Estás pilotando un ataúd con patas, Mateo. Si la Junta no te destruye, la física lo hará.
Mateo no respondió. Sus manos, manchadas de grasa negra y cicatrices de cables pelados, se movían con una precisión mecánica. Había compartido la técnica de anulación con los otros pilotos, un acto que le había costado su anonimato y le había ganado una diana en la espalda. La Academia no perdonaba la democratización del poder.
—No tengo otra opción —dijo Mateo, ajustando un estabilizador canibalizado de un bastidor de desecho—. La final en el sector siete no es una competencia. Es una ratonera. Si no entro, mi deuda de 15.200 créditos se ejecutará al amanecer. Si entro, al menos tengo una oportunidad de hackear el sistema.
Al salir del taller, el zumbido de los ventiladores de la Academia sonaba como un veredicto. En el pasillo de carga, Valeria Vane lo esperaba. No vestía el uniforme inmaculado de su linaje, sino un mono técnico negro, sin insignias. Sus ojos, fríos y analíticos, escaneaban el pasillo con una urgencia que no le había visto antes.
—El sector siete ha sido cerrado para la final —dijo ella, su voz un susurro metálico—. La Junta ha sembrado el terreno con minas de proximidad. No son minas comunes, Mateo. Están vinculadas a tu firma de energía. Cada paso que des, cada vez que tu bastidor consuma energía, tu deuda crecerá exponencialmente. Es una ejecución pública diseñada para que te destruyas a ti mismo.
Mateo se detuvo, sintiendo el peso de la trampa. La deuda no era solo dinero; era un ancla que la Academia usaba para controlar la gravedad de sus vidas.
—¿Por qué me lo dices? —preguntó él, manteniendo la distancia—. Si el 404 explota, tu camino hacia la cima está despejado.
Valeria le entregó un dispositivo de datos, un pequeño cubo de cristal que brillaba con una luz tenue.
—La Academia no quiere que ganes, pero yo necesito que sobrevivas para que el sistema se rompa. Si llegas al centro del campo, esto hackeará el servidor central. Pero hazlo rápido. La deuda es una mentira matemática, Mateo. Si logras acceder a los registros, verás que nadie debería estar endeudado.
Mateo conectó el dispositivo a su interfaz neuronal. El dolor fue inmediato, un latigazo de datos crudos que le nubló la vista, pero la información se grabó en su memoria: la final estaba amañada. Cada mina era un nodo de control financiero. Si ganaba, la deuda se duplicaría para asegurar su servidumbre perpetua. Si moría, el sistema simplemente borraría el historial.
Minutos después, Mateo estaba en la arena. El sector siete era un páramo de escombros y minas de proximidad que brillaban en su radar como estrellas asesinas.
—Piloto 148, tiene diez minutos para cruzar el sector —resonó la voz de la Junta por los altavoces, fría y desprovista de humanidad—. La deuda es el precio del fracaso.
Mateo activó la técnica de anulación. El 404 crujió, quejándose bajo la presión, pero Mateo leyó el campo de minas como si fuera un circuito abierto. No iba a pelear contra ellos; iba a usar su propia trampa contra el sistema. Aceleró, sintiendo cómo el metal de su bastidor se deformaba, pero cada metro ganado era un paso más cerca de la verdad que Valeria le había entregado. La escalera era empinada, pero por primera vez, Mateo no estaba subiendo para sobrevivir; estaba subiendo para derribar el edificio.