La mirada del Cenit
El zumbido del escáner le taladraba los tímpanos como un clavo oxidado. Kaelen mantuvo la cabeza gacha, el sudor frío resbalándole por la nuca mientras cruzaba el arco hacia el foso de pruebas del Nivel 1. El Sistema Roto parpadeó una sola línea en su visión: Riesgo de detección: 87 % – Inyección de sobrecarga recomendada. No había tiempo para dudar. Empujó su voluntad contra la interfaz inestable; un chispazo ámbar cruzó su retina y, por un latido, el mundo se volvió blanco estático. El escáner tosió, confundido, y lo dejó pasar.
El foso olía a hierro viejo y carne chamuscada. Sobre la tribuna elevada, Valeria observaba con los brazos cruzados, la armadura plateada reflejando la luz como un espejo cruel. Sus ojos no se apartaban de él.
—Tres minutos, recolector —dijo con voz que cortaba el aire—. Sobrevive y conservas el acceso. Muere y la Torre te reclama como basura.
Un autómata de bronce y obsidiana se activó con un crujido de engranajes. El temporizador flotó sobre su cabeza: 02:59. La máquina avanzó sin preámbulos, puño derecho trazando un arco que habría partido a Kaelen por la mitad si hubiera retrocedido. En vez de eso, se lanzó hacia adelante, aprovechando los quince puntos de agilidad que aún le quedaban. El puño pasó rozándole el pelo. Drenaje: 5 %, avisó el sistema. Cada esquive le arrancaba un trozo de vida.
Kaelen no peleaba contra el autómata; peleaba contra el reloj y contra la mirada de Valeria. Vio el retraso: el hombro izquierdo de la máquina se trababa un instante antes de cada golpe amplio. Esperó el siguiente arco, se deslizó por debajo y clavó el fragmento de metal que llevaba escondido en el puño del guante. El núcleo expuesto chispeó. La máquina se convulsionó y cayó de rodillas con un gemido metálico. 01:12 restante.
Silencio en las gradas. Alguien soltó una risa incrédula; otro murmuró “imposible”. Valeria no se movió, pero sus nudillos blanqueaban sobre la barandilla.
Kaelen se enderezó respirando con dificultad. El sistema le mostró el cambio visible en el tablero público: Agilidad registrada: +12 % (visible para observadores de rango medio). No era mucho, pero era suficiente para que dejaran de verlo como un mueble. También era suficiente para que Valeria frunciera el ceño.
Intentó escabullirse hacia el pasillo de salida. No llegó lejos. Valeria descendió los escalones con pasos deliberados y le bloqueó el camino.
—Tu marca dice ‘inepto’ —dijo ella, voz baja pero afilada—. Tu cuerpo dice otra cosa. ¿Cuánto pagaste por esa agilidad, recolector? ¿O es que la Torre comete errores cuando te mira?
Kaelen mantuvo los ojos en el suelo, dejando que el temblor real de sus piernas hablara por él.
—Solo quiero comer mañana, heredera. Nada más.
Ella inclinó la cabeza, estudiándolo como si fuera un insecto raro.
—Los insectos no sobreviven purgas. Los insectos no cruzan mercados negros sin que alguien los venda. Y los insectos —añadió, acercándose un paso— no hacen que mi sistema registre fluctuaciones que no deberían existir.
Kaelen sintió el peso de cada palabra como un dedo presionando una herida abierta. No respondió. No podía permitirse una mentira elaborada; el drenaje ya le nublaba los bordes de la visión.
Valeria soltó un bufido corto.
—Pasa. Por ahora. Pero recuerda: la próxima vez que mires hacia arriba, yo estaré mirando hacia abajo.
Se apartó. Kaelen avanzó, cada paso un esfuerzo. Al llegar al corredor central, el Sistema Roto vibró con urgencia:
Misión generada: Ascenso al Nivel 2 Objetivo: Cruzar el umbral antes del cierre de rotación Tiempo restante: 00:58:47
Se apoyó contra la pared, jadeando. A su derecha, entre las grietas del muro, brillaba un fragmento irregular de luz violeta: un residuo de memoria de la Torre. Lo tocó sin pensarlo. Una corriente helada le subió por el brazo; su interfaz se estabilizó apenas, sacándolo del borde del colapso. Energía crítica: 9 % → 31 %.
Entonces oyó el estruendo.
La compuerta del Nivel 1 se cerró con un golpe seco que reverberó en los huesos. El aire se volvió más pesado, cargado de ozono y promesas de sangre. Al otro lado ya no había mercado; había guerra de sectas por los recursos del Nivel 2.
Kaelen miró la puerta sellada, después su propia mano temblorosa. El tablero público parpadeó una última vez antes de actualizarse:
Acceso Nivel 2 concedido – Anomalía detectada – Vigilancia elevada.
Valeria lo había marcado.
Y la Torre, indiferente, ya contaba los segundos hasta la siguiente purga.