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Chapter 2: El precio de la anomalía

Kaelen sobrevive a la purga y utiliza su nueva agilidad para forzar una venta en el mercado negro. A pesar de la presión de la Secta del Cenit y la presencia de Valeria, logra pagar el acceso al Nivel 1, aunque el costo físico del Sistema Roto lo deja al borde del colapso.

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El precio de la anomalía

La sangre de los Residuos aún se adhería a las botas de Kaelen cuando el aire del túnel de servicio se volvió gélido, vibrando con la frecuencia de una purga inminente. El Sistema Roto, una interfaz parpadeante de bordes irregulares, le arrojó una notificación roja frente a los ojos: «Compensación de nivel completada. Agilidad aumentada: +15%. Costo de energía: Crítico».

Kaelen intentó dar un paso y sus rodillas colapsaron contra el metal oxidado. No era fatiga; era el vacío. El Sistema había succionado la médula de sus huesos para alimentar la velocidad que ahora corría por sus tendones. Sus músculos, acostumbrados a la desnutrición de los niveles bajos, se convulsionaban intentando adaptarse a una potencia para la que no habían sido diseñados. Golpeó la pared con un puño que se sentía extrañamente ligero, casi ajeno. Frente a él, el Sistema renderizó una línea de código oculta: un mapa hacia el Sector 4. Una ruta prohibida que nadie más podía ver. Pero el costo de esa visión era una estática roja que le nublaba la vista; si se desplomaba allí, la patrulla de la Secta del Cenit lo encontraría como un residuo más.

En el mercado negro, el aire pesaba con el ozono de las barreras. Kaelen lanzó los fragmentos de obsidiana al mostrador. El mercader los observó con desdén.

—Esto es basura sin marca, un desecho de la Zona Prohibida —escupió el hombre—. La Secta del Cenit confisca cualquier material no registrado. Lárgate antes de que llame a los guardias.

Kaelen no parpadeó. Su nueva agilidad le otorgó una ventaja injusta. En un parpadeo, su mano se cerró sobre la muñeca del mercader, clavando sus dedos con una fuerza inhumana. El metal del mostrador se hundió bajo el agarre.

—Paga ahora —siseó Kaelen—. O te aseguro que tu cuello será igual de frágil que este cristal.

El mercader, temblando, arrojó una bolsa de créditos, pero un zumbido agudo perforó el aire: el escáner de vigilancia de la Secta se había fijado en ellos. Una luz carmesí barrió la calle, deteniéndose justo sobre el puesto. El murmullo de la multitud se extinguió. Los recolectores se arrodillaron ante una presencia que cortaba el aire con la frialdad de un filo de obsidiana: Valeria.

La heredera de la Secta del Cenit caminaba por la plaza, rodeada por un aura dorada. Sus ojos, gélidos y calculadores, escaneaban cada rostro, buscando la anomalía de energía que había dejado el rastro de la purga. Kaelen apretó los dientes, manteniendo la vista fija en el suelo. Su marca de 'inepto' parpadeó en su interfaz, un error de renderizado que el Sistema Roto explotaba para volverlo invisible a los sensores de la élite. Él no era más que una mancha borrosa en la percepción de los demás, un vacío estadístico. Valeria se detuvo a escasos metros, su mirada escudriñando el aire donde él estaba, sospechando que había una grieta en la realidad.

Kaelen se escabulló antes de que ella pudiera enfocar su percepción, llegando al umbral del Nivel 1. El temporizador de la Torre marcaba menos de tres minutos.

—Cuota de acceso: 500 unidades de Tiempo de Gracia —anunció el sistema. Era casi todo lo que había ganado.

Sin dudarlo, golpeó la placa de validación. La energía fue drenada de sus venas con una voracidad insaciable, dejándolo al borde del desmayo. La puerta se abrió, revelando una arquitectura de luz blanca inmensa. Mientras cruzaba, el Sistema Roto le mostró el mapa de la siguiente ruta prohibida. El dolor era absoluto, una punzada fría que le recorría la médula espinal. Al otro lado, el drenaje de energía se intensificó, convirtiendo cada paso en una batalla por no colapsar. La élite estaba cerca, y Valeria, al otro lado de la puerta, ya había sentido que algo, o alguien, acababa de desafiar las leyes de la Torre.

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