La Verdad en el Núcleo
El zumbido del núcleo de energía, inestable y agónico, retumbaba en las vértebras de Kaelen. Oculto en las entrañas de los conductos de ventilación del Nivel 3, su mecha —un amasijo de acero remendado con un 48% de integridad estructural— emitía alertas de fallos térmicos que parpadeaban en rojo vivo sobre el cristal de su visor. La interfaz de la Torre, esa pesadilla de neón que dictaba su existencia, proyectaba un cronómetro implacable: 23 horas y 14 minutos para la próxima cuota de deuda familiar.
—Si no corto el flujo ahora, el sistema me desconectará el soporte vital en el Nivel 1 —gruñó Kaelen. El sudor frío le recorría la nuca.
—Kaelen, si derivas la energía del escudo para alimentar a tu familia, quedarás expuesto —la voz de Valeria, cortante y metálica, resonó en el canal privado—. Vane no te ha perdido la pista. Solo te está dejando correr para ver a dónde te escondes.
Kaelen apretó los dientes. La verdad sobre su mentor, extraída del fragmento de memoria que aún quemaba en sus registros, pesaba más que cualquier amenaza. No solo lo habían engañado; lo habían convertido en un engranaje más de la maquinaria que devoraba a su propia gente. Con un movimiento brusco, desvió la energía del escudo. El sistema rugió en protesta, pero el cronómetro de la deuda familiar se estabilizó.
Minutos después, la planta de refinamiento del Nivel 3 se erguía ante ellos como un mausoleo de pistones. El aire sabía a ozono y metal oxidado. Valeria trabajaba en el panel de control con una urgencia eléctrica.
—Si Vane detecta este acceso, nos borrará antes de que podamos parpadear —advirtió ella.
Kaelen no respondió. Sus ojos estaban fijos en el núcleo maestro que palpitaba dentro de la cámara de contención. A medida que Valeria hackeaba los protocolos, las pantallas revelaron la atrocidad: los núcleos no se fabricaban, se refinaban extrayendo el residuo biológico y los recuerdos de pilotos desaparecidos. Kaelen sintió un calor familiar provenir del cristal. Al sincronizarse, una descarga de datos le atravesó la mente. No eran solo datos. Eran los últimos momentos de su mentor, suplicando mientras la Torre lo procesaba.
—¡Kaelen, el sistema ha registrado la sustracción! —el grito de Valeria fue ahogado por la alarma general.
Centinelas de Vane descendieron por los conductos, armados con cañones de pulso. Kaelen activó el empuje vectorizado. El mecha crujió, pero respondió con una agilidad suicida. Se deslizó por el suelo aceitoso, esquivando una ráfaga que dejó un surco fundido en el metal. Cada impacto en su chasis era un recordatorio de que su integridad estaba al límite, pero su rabia era el nuevo combustible.
—¡Cúbrete! —rugió Kaelen, lanzándose contra la unidad de mando de los centinelas.
El choque fue brutal. Kaelen arriesgó el colapso total de su estructura para embestir al líder de la patrulla. Los centinelas cayeron, pero su mecha quedó inmovilizado, humeante y al borde de la explosión. Con el núcleo en sus manos, Kaelen lo conectó a su interfaz. La verdad se descargó completa: una ruta oculta hacia el Nivel 4. Sin embargo, mientras los datos fluían, la Torre comenzó a reconfigurarse. Las paredes de la planta empezaron a cerrarse y las salidas seguras se sellaron. El sistema no solo estaba borrando su rastro; estaba transformando el pasaje al Nivel 4 en una trampa mortal diseñada para enterrarlo vivo.