El Precio del Ascenso
La placa de neón en la plaza del Sector de Desguace no mentía. «Kaelen-842» parpadeaba en la lista de ascensos con una nitidez que le revolvió el estómago. A su alrededor, el murmullo de los chatarreros se extinguió, reemplazado por un silencio cargado de una envidia que olía a ozono y metal recalentado. Estaba expuesto.
—¿Un piloto de desguace en el ranking de tres dígitos? —La voz del Comandante Vane retumbó por los amplificadores, gélida y precisa—. El sistema no comete errores. Pero los parásitos sí.
Kaelen sintió la presión física de la mirada de Vane. El Comandante, desde su plataforma de mando, escaneaba la multitud con un desdén que marcaba a su presa. Kaelen bajó la capucha, ocultando el rostro mientras su pulso martilleaba contra sus sienes. Su interfaz secundaria proyectó un destello dorado en su retina: Alerta: Amenaza de Nivel Elite detectada. Tasa de supervivencia: 4%.
Tenía que moverse. Si Vane lo vinculaba con el exploit que había reparado el mecha de su mentor, su hermana menor pagaría la deuda con algo más que créditos. El acceso al sector de pruebas estaba bloqueado por un cordón de seguridad, pero Kaelen activó su interfaz, forzando un fragmento de memoria de la Torre. Una ruta de ventilación, invisible para el resto, brilló ante él como una cicatriz de luz. Se deslizó por el conducto, dejando atrás el neón que ahora deletreaba su sentencia de muerte.
En el taller, Valeria bloqueó la salida, con una llave inglesa pesada en la mano. Sus ojos, afilados por años de mercado negro, recorrieron el chasis del mecha de Kaelen con una sospecha feroz.
—Ese motor no debería estar funcionando al 85% —dijo ella, su voz cortando el zumbido de los ventiladores—. Vane está moviendo sus patrullas. Si descubren que estás usando un exploit, te desmantelarán antes de que el cronómetro llegue a cero.
—Solo suerte, Val —respondió Kaelen, mientras el sistema le ofrecía una opción: Boost de potencia temporal. Costo: 15% de resistencia vital.
Kaelen aceptó. Un calor metálico le quemó los nervios mientras el mecha cobraba una vida artificial. Se desplomó sobre un banco, jadeando, mientras Valeria lo observaba con una mezcla de miedo y fascinación. No había tiempo para explicaciones. La deuda de 4,000 créditos parpadeaba en su retina: 23 horas restantes.
En el campo de pruebas, el aire estaba cargado con el ozono de los núcleos sobrecargados. Kaelen ajustó los controles, sintiendo la eficiencia del 85% vibrar en sus vértebras. A su alrededor, los subordinados de Vane activaron sus inhibidores electromagnéticos, buscando forzar un fallo catastrófico.
—El chatarrero cree que puede jugar a ser un profesional —burló Vane desde la tribuna.
Cuando la señal de inicio iluminó la arena, Kaelen ignoró la ruta trazada por la Torre. Siguió la estela dorada de su memoria oculta, moviéndose con una precisión inhumana que dejó al sabotaje de Vane golpeando el aire vacío. Destruyó el objetivo en tres segundos, un tiempo récord que hizo que el público estallara en un rugido de incredulidad. La victoria fue pública, pero el costo fue inmediato: el mecha emitió un chirrido agónico, perdiendo integridad estructural mientras Kaelen se hundía en el asiento, con los pulmones ardiendo.
Tras la prueba, Kaelen transfirió los créditos obtenidos a la cuenta de su familia. El saldo de la deuda descendió, pero el sistema le cobró un peaje: su mecha estaba semidestruido y Vane ya bajaba de la tribuna, con la mano sobre el arma de servicio.
—No puedo volver —le dijo Kaelen a Valeria por el canal privado, mientras se dirigía a la compuerta del Nivel 2—. Si regreso, me desmantelarán.
—Eso es una locura, Kaelen. Es territorio de élite —advirtió ella, pero él ya estaba dentro.
El estruendo metálico de la compuerta sellándose fue el último sonido que escuchó antes de que la pantalla de la plaza pública mostrara su nombre en el top 500. La puerta del Nivel 2 se cerró tras él. No había vuelta atrás, solo un ascenso forzado hacia una cima que ya empezaba a devorarlo.