El precio de la visibilidad
El conducto de ventilación escupió a Julián como si la Torre misma lo hubiera regurgitado. Cayó de rodillas al piso frío del corredor inferior, el impacto resonando en sus costillas ya maltrechas. Vitalidad: 8 %. El número rojo palpitaba en la esquina de su visión, cada latido un recordatorio de que su cuerpo estaba al borde del apagón total. Apenas se puso de pie, apoyándose en la pared con el brazo que aún olía a cobre quemado, las pantallas gigantes del campus cobraron vida con furia.
Julián Varga – Rango II
El cambio se registró en tiempo real. Letras doradas subieron como sangre en el ranking general. El murmullo del corredor se convirtió en un rugido sordo. Estudiantes de bajo y medio rango se apartaron, algunos con burla congelada en la cara, otros con genuino temor. Teléfonos salieron en tropel. Apuestas se registraron en vivo. Alguien gritó: «¡El paria subió dos rangos en una noche!». Otro respondió: «Mentira. Nadie sube así sin vender algo que no se ve».
Julián apretó los dientes. No podía correr; correr era colapsar delante de todos. Caminó. Cada paso era una declaración muda: todavía estoy de pie. Pero el sistema roto no le había devuelto ni un gramo de fuerza. Solo le había pintado un blanco más grande en la espalda.
Entonces la sintió.
Valeria Solís atravesó la multitud en línea recta, su brazalete de rango I brillando como un faro frío. No corría. No necesitaba hacerlo. El espacio se abría ante ella como si el mismo aire le tuviera respeto. Sus ojos dorados no parpadearon ni una vez mientras se plantaba frente a Julián, a menos de dos metros.
—Varga.
La voz cortó el ruido como un bisturí. El comedor, al que habían llegado casi sin darse cuenta, se silenció en ondas concéntricas. Decenas de pares de ojos se clavaron en ellos.
—¿Ya te acostumbraste al nuevo color? —preguntó ella, ladeando apenas la cabeza—. Porque a mí me cuesta creerlo.
Julián mantuvo la mirada fija en el suelo un segundo de más. Luego la levantó.
—Sucedió. Eso es todo.
Valeria dio un paso. El aire pareció enfriarse.
—No me mientas con medias verdades. Entraste al 7-B. La puerta se selló contigo dentro. Y ahora sales con rango II. —Hizo una pausa quirúrgica—. Nadie sube así. Nadie.
Julián sintió el drenaje acelerarse. Vitalidad: 7 %. El sistema roto le estaba cobrando interés por mantener la mentira viva.
—Un eco residual —dijo con calma forzada—. Cualquiera pudo haberlo tomado. Tú llegaste tarde porque confiaste en que la ruta principal era la única.
La sonrisa de Valeria fue helada, casi clínica.
—Interesante teoría. La revisaré personalmente en tu historial de misiones. —Se inclinó apenas—. Y si encuentro una sola línea que no cuadre… te arrancaré ese rango II con mis propias manos.
Se dio la vuelta. El semicírculo de espectadores se abrió. Pero el ambiente del comedor quedó cargado de electricidad. Las apuestas ya corrían en los grupos privados. Julián era ahora un número que se podía comprar y vender.
No había dado diez pasos más cuando el brazalete ardía de nuevo.
—Estudiante Varga, Julián. Código 47-Bajo. Presentarse de inmediato en el centro de evaluación.
La voz sintética tronó desde las torres holográficas del patio central. Cientos de cabezas giraron. En las gradas, Valeria se inclinó hacia adelante, sus ojos fijos como dardos. Su séquito ya murmuraba cifras.
Julián avanzó cojeando. Los técnicos lo rodearon con sensores flotantes. Un holograma se elevó sobre el patio: una curva imposible. De V a II en menos de veinticuatro horas. La multitud contuvo el aliento.
—Anomalía detectada —anunció el técnico principal—. Recalibración forzada iniciada. Posible reversión de rango en curso.
El tirón interno llegó como un gancho en las entrañas. Vitalidad: 5 %. El sistema central quería arrancarle la ganancia como si fuera un error de software. El mundo se volvió gris en los bordes.
Desde el balcón superior, el Mentor de las Sombras observaba sin expresión. Pero Julián captó el leve gesto de su mano: usa lo que tienes.
Cerró los ojos un instante. El fragmento recién asimilado latió en su pecho como un segundo corazón. Canalizó la memoria huérfana, dejando que se filtrara en la interfaz pública como contaminación deliberada.
—Error de medición por contaminación de memoria huérfana —dijo en voz alta, fingiendo sorpresa—. Sucede cuando se absorbe energía residual sin filtro.
Los técnicos intercambiaron miradas. Los sensores titilaron. La curva se estabilizó. El brazalete emitió un pitido limpio.
Rango II confirmado.
La marca apareció en su muñeca y en todas las pantallas. Un rugido subió desde las gradas. Un estudiante de rango I alto se puso de pie y gritó:
—¡Yo lo bajo de II antes del fin de semana!
Julián no respondió. Solo sintió el drenaje asentarse. Vitalidad: 6 %. Cada victoria le costaba más de lo que mostraba el tablero.
Avanzaba hacia las residencias inferiores cuando la luz cambió.
Cuatro siluetas bloquearon el pasillo. Dante Salazar. Rango I-3. Hijo de un consejero de pisos altos. Sonrisa de tiburón domesticado. A su espalda, tres compañeros con músculos comprados con créditos familiares.
—Varga —dijo Dante con suavidad—. Qué casualidad encontrarte justo después de tu… milagrito.
Julián se detuvo. El pulso le martilleaba las sienes. Las costillas le ardían como si alguien hubiera pasado un rallador por dentro.
—No estoy para juegos, Salazar.
—No es un juego. —Dante extendió la mano izquierda. Una interfaz holográfica se desplegó entre ellos—. Duelo formal. Supervisado. Reglas estándar: sin armas externas, sin terceros. Ganador se queda con el 15 % del rango del perdedor.
Julián sintió el sistema roto vibrar en su visión. Una línea nueva apareció, diminuta pero clara:
[Aceptar → + Ganancia visible | Rechazar → -10 % prestigio público]
Vitalidad: 6 %. Cuerpo al límite. Pero retroceder ahora era perder todo lo ganado.
—Acepto —dijo Julián—. Pero con una condición.
Dante alzó una ceja.
—El ganador se queda también con un porcentaje de la vitalidad máxima del perdedor. Visible en el contrato.
Silencio. Luego risas nerviosas de los secundarios. Dante sonrió más ancho.
—Arriesgado. Me gusta.
Tocó la interfaz. El contrato se iluminó. Las pantallas del campus lo replicaron en tiempo real.
El nombre de Julián apareció en letras doradas, expuesto, imposible de ignorar. Las apuestas explotaron en los canales privados. El campus entero lo estaba mirando.
Y en algún lugar, muy arriba, Valeria Solís ya estaba redactando el informe que lo declararía amenaza sistémica.
Julián apretó el puño. Vitalidad: 6 %. Rango II. Y un duelo que no podía perder sin caer al vacío.
El tablero acababa de hacerse mucho más grande.
Y mucho más peligroso.