Ecos de óxido y oro
El metal frío le mordía la mejilla. Julián despertó con un jadeo que le rasgó la garganta. El fragmento recién absorbido ardía bajo su esternón como un clavo al rojo. Vitalidad: 8 %. El número rojo parpadeaba en la esquina de su visión, acelerado, sincronizado con el temporizador que colgaba al lado: 47 minutos antes de colapso orgánico irreversible. No había margen para dudar.
Se puso de rodillas. El pasillo del piso 7-B olía a ozono quemado y grasa vieja. Tubos reventados goteaban líquido negro sobre charcos que reflejaban el brillo sucio de las tiras de emergencia. Las máquinas muertas se alzaban como esqueletos oxidados. El nodo de energía residual Alfa-9 estaba a trescientos metros según el mapa fantasma que el fragmento le había clavado en la retina. Si llegaba, si lograba forzar la conexión antes de que el contador tocara cero, podría ganar entre quince y veinte puntos de vitalidad. Suficiente para seguir respirando un par de días más.
Cada paso hacía crujir cristales rotos bajo las botas. El sistema roto le habló en la nuca, voz sin volumen: Protocolo de reconocimiento biométrico activo. Firma no autorizada detectada. Rechazo inminente. Julián apretó los dientes. No había opción B.
Llegó al nodo: un cilindro cubierto de polvo y cables colgantes, aún emitiendo un zumbido débil. Se arrodilló frente a él, extendió la palma temblorosa y activó la interfaz improvisada que el sistema roto le había cosido al nervio. El dolor llegó como un rayo. Veneno eléctrico subió por su brazo, quemándole las venas desde dentro. Marcas negras se dibujaron bajo la piel como tatuajes al revés. Vitalidad bajó a 6 % antes de que el flujo se estabilizara.
Conexión forzada. Extracción residual: +13 %. Vitalidad actual: 19 %. El alivio duró tres segundos. Un enjambre de drones despertó en las vigas superiores. Luces rojas se encendieron como ojos que acababan de verlo. El hackeo había activado una alarma silenciosa.
Julián corrió.
El zumbido lo persiguió por pasillos derrumbados hasta una cámara de archivo colapsada. Estanterías retorcidas, hologramas parpadeantes que morían y renacían. Se lanzó detrás de un pilar caído. El hombro chocó contra metal. La herida del corredor oculto volvió a abrirse, pero el verdadero enemigo era el drenaje constante: cada uso del sistema roto le arrancaba vida a cambio de segundos.
Activó el pulso de interferencia. Los drones vacilaron, sensores girando. Diez segundos de confusión. Suficientes.
Se arrastró hacia una grieta en el suelo. Allí, un holograma resistía la decadencia: un hombre de bata gastada, cicatrices de soldadura en las manos, ojos cansados que parecían haber visto demasiados finales. El Eco del Ingeniero.
—¿Quién rompe el silencio? —preguntó la proyección, voz rasposa por estática.
Julián no perdió tiempo.
—Uno que no tiene tiempo para presentaciones. Dame lo que guardas o nos apagamos los dos aquí.
El Eco lo escaneó. Sus ojos holográficos brillaron al detectar el fragmento huérfano.
—Eres bajo. Muy bajo. Y sin embargo… llevas una grieta que no deberían tener.
Tres drones sobrevolaban ya las estanterías superiores. El zumbido se volvía ensordecedor.
—Coordenadas —exigió Julián—. Del siguiente. Ahora.
El Eco ladeó la cabeza.
—Piso 9-C. Sector prohibido. Pero cada fragmento que tocas acelera el drenaje. La Torre no perdona a los que la abren antes de tiempo. —Una pausa cargada—. Y fue diseñada para ser quebrada. Eso es la primera regla de ruptura.
Una coordenada parcial se incrustó en la visión de Julián junto con la frase: Protocolo de ruptura activado. Objetivo: Piso 13. Fragmentos requeridos: 2/7.
El Eco se estremeció.
—Intrusión detectada. Autodestrucción iniciada.
Se disolvió en estática blanca. Al mismo tiempo, los drones rompieron la barrera de interferencia. Sus láseres barrieron el suelo. Julián rodó hacia un corredor lateral, el calor rozándole la nuca.
Corrió entre estructuras metálicas retorcidas, brechas en el suelo que dejaban ver niveles inferiores oscuros. Los drones lo seguían en formación precisa. Ya no disparaban a ciegas; calculaban trayectorias.
Vitalidad: 19 % → 14 % en menos de un minuto. El sistema roto seguía succionando.
Procesamiento del fragmento huérfano: 92 % … 97 % … Integridad comprometida. Forzando actualización de rango.
—No ahora —masculló Julián.
Intentó moverse más rápido, pero el cuerpo se negaba. Un dron lo alcanzó; el láser le chamuscó el hombro. Olor a carne quemada. Procesando… Actualización completa.
Una oleada fría le recorrió la columna. El sistema roto habló claro por primera vez:
Rango actualizado: II. Protocolo de ruptura – Nivel 1 activado. La Torre fue diseñada para ser hackeada. Acceso no autorizado al Piso 13 desbloqueado parcialmente. Siguiente fragmento: Piso 9-C. Ventana crítica: 72 horas.
Al mismo tiempo, en algún lugar fuera del piso sellado, Julián supo —sin verlo— que su rango acababa de dispararse en el tablero público de la Academia. De V a II en menos de un día. Visible. Auditable. Una anomalía que nadie podía ignorar.
Llegó a un conducto de ventilación medio derrumbado. La única salida secundaria antes del colapso total del sector. Se introdujo de cabeza, arrastrándose entre metal oxidado y cables sueltos. Los drones golpeaban la entrada, pero no podían seguirlo.
Vitalidad final: 8 %.
El pecho le ardía. Cada respiración era un cuchillo. Pero en su mente resonaba la frase del Eco, clara como una sentencia:
La Torre fue diseñada para ser quebrada.
Y ahora él tenía la primera llave.
Pero también sabía que, al otro lado de la puerta sellada, Valeria y la élite ya estaban viendo su nombre subir en las apuestas. Y no había lugar donde esconderse de un tablero que nunca parpadeaba.