La cima del engaño
El Nivel Siete de la Academia de Hierro no era para estudiantes; era el sumidero donde la institución purgaba sus errores. Elian Vane se apoyó contra la piedra húmeda, sintiendo el frío del metal filtrarse por sus botas. Sus manos, antes herramientas de precisión, eran ahora bloques de madera muerta. La técnica prohibida le había arrebatado la sensibilidad táctil, un precio que pagaba con estoicismo mientras observaba la media llave que brillaba en su palma con un pulso carmesí. Era un parásito de energía que devoraba su esencia para mantenerse estable.
—Deja de mirarla —la voz de Kael surgió de la penumbra, cortante como una cuchilla—. No es una reliquia. Es un código de depuración. Al tocarla, te has convertido en un error de sistema. La Academia no te está buscando; te está borrando.
Elian apretó los puños, ignorando el dolor punzante en sus nervios dañados. El umbral para el rango D se alzaba ante él como un muro infranqueable al 18%, y él apenas arañaba el 15%. La cuenta regresiva del ranking se sentía en el aire, una presión atmosférica que aceleraba el pulso de toda la institución. Veinticinco días. O menos, si el sistema lograba purgar su rastro de datos primero.
—Si voy a desaparecer —respondió Elian con voz firme—, no será en la oscuridad. Provocaré a Valeria Thorne. Un duelo público, mañana. El mundo verá cómo le arranco la otra mitad de la llave.
Kael soltó una carcajada seca, pero sus ojos, hundidos y brillantes, denotaban una urgencia eléctrica. No intentó detenerlo. Sabía que en la Academia, la única forma de sobrevivir al sistema era convertirte en una anomalía tan grande que no pudieran ignorarte.
La siguiente madrugada, el aire en la cámara de cultivo clandestina sabía a ozono y metal quemado. Elian inyectó el catalizador grado B en su núcleo. El dolor fue una descarga blanca, un desgarro que recorrió su columna mientras su Índice de Resplandor trepaba con agonía. Al cerrar los ojos, la red de hilos dorados de la Academia se manifestó ante él. Ya no era un simple estudiante tratando de escalar; era un hacker inyectando su propia firma energética en el sistema de apuestas. Al forzar la sincronización, el tablero de juego cambió: el sistema de auditoría comenzó a procesar su anomalía como una variable de control en lugar de un error. Elian había convertido su propia vulnerabilidad en un arma de sabotaje.
Cuando irrumpió en el patio de entrenamiento de la élite, Valeria Thorne estaba rodeada por sus seguidores, con la otra mitad de la llave maestra colgando de su cuello como un trofeo de caza. El silencio que recibió a Elian fue gélido, cargado con el aroma a incienso de lujo y el desprecio de quienes se creían dueños del destino.
—Thorne —espetó Elian, cortando el aire—. El tiempo del ranking expira. No vine a pedirte que cedas tu posición. Vine a reclamar lo que el sistema me debe.
Valeria se acercó, observando con una sonrisa gélida la palidez de su rostro. —Elian Vane, el fugitivo que cree que un catalizador lo convierte en un igual. He preparado una trampa de drenaje en este suelo. En cuanto intentes extraer energía, tu núcleo se vaciará antes de que puedas pestañear.
Elian sonrió. Era exactamente lo que necesitaba. El duelo comenzó con una furia contenida. Mientras Valeria activaba los conductos de drenaje, Elian no luchó contra la succión; la alimentó. Canalizó su energía inestable, su firma corrupta, directamente hacia la trampa. No buscaba golpear a Valeria, buscaba infectar la red que validaba sus respectivos rangos.
El reloj de arena del Gran Auditorio, un pilar de luz que dominaba el cielo sobre la arena, parpadeó en un rojo agónico. Elian sintió el colapso del núcleo de la Academia vibrando bajo sus pies. El sistema de seguridad, incapaz de procesar la anomalía de su firma energética, comenzó a emitir alertas de emergencia en toda la institución. La realidad se fracturó mientras el contador llegaba a su última hora, y el sistema, ciego ante el caos que él mismo había provocado, comenzó a desmoronarse desde adentro.