La subasta del poder
Elian Vane apretó los puños, pero el contacto no llegó a su cerebro. La técnica prohibida le había arrebatado la sensibilidad táctil, dejando sus manos como herramientas de metal frío, ajenas a su propia voluntad. Frente a él, el portal de la Subasta de la Aguja de Hierro emitía un zumbido de baja frecuencia que le erizaba la nuca. El escáner de núcleo no buscaba armas; buscaba la firma energética de un fugitivo.
—Identificación —ordenó la voz mecánica.
Elian entregó su placa con dedos torpes. Su Índice de Resplandor marcaba un 15% inestable, una cifra que, en cualquier otro contexto, le habría impedido el paso. Pero él no estaba allí por estatus. El Maestro Kael le había asegurado que el catalizador necesario para forzar su núcleo hacia el 18% —el umbral de supervivencia antes del cierre de temporada— se encontraba en la lista de activos incautados de la casa Thorne.
La luz roja del escáner barrió su iris, deteniéndose sobre su núcleo agrietado. Elian sintió un tirón en el pecho, una presión que amenazaba con revelar la energía tóxica que Kael le había ayudado a ocultar. Si el sistema profundizaba un milímetro más, la Academia vería al hombre que había saboteado a Valeria Thorne y robado la llave de la Bóveda.
—Acceso concedido —sentenció la máquina. Elian entró con su cuenta de créditos en cero absoluto. Solo tenía una oportunidad.
El aire en el salón era denso, cargado con el olor a incienso sintético y la estática de los núcleos de poder de la élite. A su lado, la frialdad de Valeria Thorne cortaba el ruido de la sala. Ella no miraba el catálogo; sus ojos, fríos y calculadores, estaban fijos en el artefacto sobre el pedestal central: un catalizador de resonancia de grado B.
—Tu desesperación es tan ruidosa como tu falta de linaje, Elian —susurró Valeria, sin molestarse en ocultar el desprecio—. No pujes. No tienes ni la décima parte de lo que este objeto vale para alguien con visión de futuro.
El contador sobre el estrado marcaba 25 días para el cierre del ranking. Si no conseguía ese catalizador, su estancamiento sería definitivo. Valeria comenzó a inflar el precio, usando su influencia para intimidar a los otros pujadores. Elian esperó, observando los flujos de energía de los aliados de Valeria. Detectó una fluctuación en el escudo de uno de sus principales financistas; una vulnerabilidad técnica en su armadura de cultivo. Con un gesto imperceptible, Elian inyectó una ráfaga de su propia energía, una maniobra que drenó lo poco que le quedaba de reserva, provocando un cortocircuito en el activo del financista. El precio de Valeria se desplomó cuando el aliado, avergonzado por el fallo de su equipo, se retiró. Elian ganó la puja, pero el costo fue inmediato: una punzada de dolor puro recorrió su núcleo, dejando su visión nublada.
Se refugió en un pasillo de servicios. Sus manos temblaban al sostener el artefacto. Al intentar fusionarlo con la llave que Kael le había entregado, una descarga de energía recorrió sus nervios. La superficie metálica palpitó y, bajo la luz de los cristales, un grabado oculto se iluminó. No era una simple marca de taller; era el sello heráldico de la casa Thorne.
Elian sintió un frío glacial. La llave no era una herramienta, sino una herencia partida en dos. La otra mitad, la que él necesitaba para abrir la Bóveda Central, estaba bajo el control absoluto de Valeria. En ese momento, la alarma de la Academia comenzó a aullar. La seguridad había detectado la activación de la llave incompleta.
—No saldrás de aquí, Elian —la voz de Valeria resonó en la salida de emergencia. Se interpuso en su camino, su Índice de Resplandor brillando con una intensidad que forzaba a los presentes a bajar la mirada. En su mano, un sello familiar emitía un pulso rítmico que armonizaba con el artefacto de Elian—. Entrégame la llave. Mi familia ha guardado la otra mitad durante generaciones. Tú solo eres un error en el sistema que será corregido hoy mismo.
Elian sintió el peso del artefacto contra su pecho. La revelación le golpeó como un mazazo: su llave era un señuelo que lo había conducido a esta trampa. Con el tiempo agotándose y la seguridad de la Academia cerrando el cerco, Elian no tuvo opción. Hackeó el sistema de apuestas de la sala, provocando un drenaje masivo de energía que dejó los escudos de seguridad a oscuras. Mientras el caos estallaba y el núcleo de la academia comenzaba a colapsar, Elian se lanzó hacia las sombras, sabiendo que la carrera contra el cierre del ranking había llegado a su punto de quiebre.