El sabotaje del estatus
El aire en los conductos de ventilación de la Academia sabía a ozono y a metal viejo, un recordatorio constante de que Elian Vane ya no era un estudiante, sino un parásito en el sistema. Debajo de él, el Salón de Pruebas de Élite zumbaba con la energía pura que Valeria Thorne y su círculo acaparaban para sus rutinas matutinas. Elian se llevó una mano al pecho; su núcleo, una brasa inestable tras el sacrificio de su herencia digital, palpitaba con espasmos dolorosos. Tenía menos de veinticinco días para subir del 15% al 18% de Resplandor o sería expulsado al vacío.
—Solo un desvío —susurró, forzando sus dedos entumecidos a encajar el fragmento de cristal prohibido en la ranura de mantenimiento. El artefacto, entregado por Kael con una advertencia gélida, comenzó a absorber el flujo del sistema. Elian sintió un escalofrío: estaba profanando el pedestal de Valeria. Un chasquido eléctrico resonó y, en el salón inferior, los monitores de la heredera pasaron de un azul constante a un rojo errático.
Valeria Thorne, impecable en su uniforme de seda técnica, se preparaba para la demostración de rango superior. Su Índice de Resplandor, proyectado en letras doradas sobre el estrado, marcaba un arrogante 22%. Elian, escondido en la penumbra de las consolas, inyectó la fluctuación de fase. Cuando Valeria canalizó su energía, el sistema no respondió. El sabotaje actuó como un tapón de mercurio en una tubería de cristal. La energía, incapaz de fluir, se retroalimentó violentamente hacia su núcleo. El Índice de Resplandor de Valeria parpadeó: 19%... 15%... 12%. El murmullo de la audiencia se transformó en un silencio atónito. La heredera, con el rostro desencajado, vio cómo su prestigio se desplomaba ante sus ojos. Identificó una anomalía en la red que trazaba una línea directa hacia el conducto de ventilación.
—¡Protocolo de purga! —gritó Valeria, su voz amplificada por el sistema—. ¡Cierren las salidas y rastreen la firma energética!
El salón se selló con un chasquido hidráulico. Drones de vigilancia descendieron como avispas metálicas. Elian, atrapado, sintió que su propio núcleo rugía bajo la presión de la técnica prohibida. Había quemado sus puentes, pero la humillación de Valeria era total. Los drones diseccionaron el aire con ráfagas de luz azul, bloqueando su ruta de escape. Cuando el cerco se estrechó, una interferencia externa apagó los sensores por un segundo. El Maestro Kael apareció en el almacén subterráneo, rodeado por el zumbido de los drones que recuperaban su curso.
—La Academia no perdona la ineficiencia, pero tampoco la traición —dijo Kael, lanzándole un cilindro de luz fría—. Tienes segundos antes de que este sector sea zona muerta.
Elian atrapó la llave de la Bóveda Central. El frío metálico quemó su piel, una sentencia que lo convertía en un fugitivo de por vida. Mientras las alarmas de la Academia alcanzaban un tono ensordecedor y los guardias irrumpían en el almacén, Elian comprendió que no había vuelta atrás: el sistema ya no era su juez, sino su presa.