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Chapter 4: Deuda tóxica

Elian, estancado al 15% de Resplandor tras la subida del umbral al 18%, descubre que Valeria Thorne ha acaparado los suministros de estabilización. Forzado por la erosión de su núcleo, acepta una misión suicida del Maestro Kael para infiltrarse en el almacén de la Academia, sacrificando su herencia familiar digital para sobrevivir a la técnica prohibida.

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Deuda tóxica

El dolor no era un síntoma; era una garra de obsidiana cerrándose sobre el núcleo de Elian Vane. Despertó arqueando la espalda en su litera, con el sabor metálico de la sangre inundándole la garganta. Sus dedos, entumecidos por el frío residual de la técnica prohibida, se arrastraron hasta el brazalete de su muñeca. La interfaz proyectó un dato que le heló la sangre: 15% de Resplandor.

Había ganado el torneo, sí, pero la victoria era un espejismo financiero. El Consejo Académico, en un movimiento de crueldad burocrática, había elevado el umbral de permanencia para el Rango D al 18%. Elian no solo estaba estancado; estaba en números rojos. Una luz roja comenzó a parpadear en el borde de su visión periférica: el supresor de rastreo, sobrecargado por el flujo de energía inestable, emitía un chirrido agónico. Los sensores de la Academia estaban escaneando el sector. Si su firma energética no se estabilizaba antes de la salida del sol, el sistema registraría la anomalía y su expulsión sería automática.

Elian se arrastró fuera de su residencia hacia el mercado subterráneo, el único lugar donde la moralidad era tan barata como los componentes defectuosos. El aire en los niveles inferiores era una mezcla rancia de ozono y desesperanza. Buscaba desesperadamente un estabilizador de esencia de grado C, pero cada puesto que visitaba terminaba con la misma respuesta gélida.

—No hay nada, muchacho —escupió un mercader tras un mostrador de piedra, sin levantar la vista de su libro de cuentas—. Todo lo que era útil, desde el estabilizador básico hasta el cristal de resonancia más pequeño, fue comprado esta mañana por una sola cuenta. Una cuenta con el sello de la casa Thorne.

Valeria Thorne no solo lo vigilaba; estaba asfixiando su suministro de oxígeno financiero. Con el umbral del 18% como una guillotina sobre su cuello, la falta de suministros era una sentencia de muerte técnica.

—Buscas algo que ya no existe en el mercado legal ni en el gris —una voz ronca surgió de las sombras detrás de un pasillo de artefactos robados. El Maestro Kael emergió, con sus ojos cansados brillando con una chispa de malicia—. Valeria ha barrido el inventario, pero ella no conoce el almacén de seguridad de la Academia. El lugar donde guardan los excedentes confiscados de los estudiantes expulsados.

—Eso es un suicidio —respondió Elian, apretando los dientes mientras una punzada de dolor le recorría el pecho.

—Es la única forma de alcanzar el 18% antes de que el sello de la secta se cierre —replicó Kael, acercándose tanto que Elian pudo oler el tabaco viejo en su túnica—. Te ayudaré a entrar, pero no por caridad. Necesito que sabotees los registros de energía de la facción de Thorne mientras estás dentro.

La misión era una trampa, una estratagema cínica para usarlo como peón en una guerra de sectas que Elian apenas comprendía. Aceptó, no por lealtad, sino por pura supervivencia.

Horas después, en el corazón del almacén, el zumbido de un dron de seguridad de grado supervisor cortó el silencio. Elian estaba arrodillado frente a un núcleo de estabilización, con las manos temblando mientras intentaba canalizar la energía necesaria para su propio avance. La técnica prohibida exigía un sacrificio físico que superaba sus cálculos: debía extraer energía de su pasado, de los datos de la cuenta de su familia, la única herencia que le quedaba.

—El sistema no es un juez, Elian, es un depredador —la voz de Kael resonó por el comunicador—. Si no entregas los datos de acceso de tu familia, el flujo se revertirá y te carbonizará el núcleo. Es tu historia o tu futuro.

Elian sintió el peso de sus ancestros desvaneciéndose en la red, un borrado digital que lo dejaba sin raíces, sin nombre, solo con una posibilidad de poder. Kael le ofrecía una salida, pero el precio era la traición definitiva a su propia sangre. Mientras los drones de seguridad convergían en su posición, Elian comprendió que su única moneda de cambio era su propia identidad, y que la Academia no dejaría de apretar hasta que no quedara nada de él.

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