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Chapter 6: El precio de la revelación

Elian sobrevive a la purga de la Academia tras el sabotaje, obteniendo una llave para la Bóveda Central de manos de Kael a costa de convertirse en un fugitivo. La sesión termina con una confrontación directa con Valeria Thorne, quien exige el artefacto oculto en su núcleo, forzando un duelo inminente.

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El precio de la revelación

El aire en los niveles inferiores de la Academia sabía a ozono y metal recalentado. Elian Vane se arrastró por el conducto de ventilación, con los músculos de la espalda convertidos en una masa de espasmos. Arriba, el zumbido de los drones de seguridad cortaba el silencio. Cada haz de luz ultravioleta que barría los pasillos buscaba una firma energética que no encajara en el registro oficial, y la suya, contaminada por la técnica prohibida, ardía con una intensidad que sentía como agujas en la piel.

Su núcleo palpitaba con una arritmia agónica. El Índice de Resplandor, estancado en un 15%, era una sentencia de muerte. El umbral para el rango D, elevado arbitrariamente a 18% por la administración, era una pared de cristal que lo separaba de la expulsión. Tenía veinticinco días. Solo veinticinco días para convertir su miseria en poder antes de que el ranking se congelara y su nombre fuera borrado de los registros. Elian apretó el supresor de grado C contra su esternón, sintiendo cómo el artefacto devoraba su calor interno para enmascarar su firma. El frío fue absoluto, un vacío que le succionaba la voluntad.

No pudo permanecer oculto. El Maestro Kael lo interceptó en los archivos prohibidos, un lugar donde el polvo de siglos parecía absorber la luz. Kael no perdió el tiempo con sutilezas; su sola presencia en aquel rincón era una declaración de guerra.

—Tu firma es un faro, Elian —dijo Kael, su voz carente de piedad—. La purga no busca solo al saboteador del torneo. Buscan a quien usó una técnica prohibida para drenar a una Thorne. Estás marcado.

Kael arrojó un objeto sobre la mesa metálica. Era una llave forjada en metal estelar, cargada de una estática que le erizó el vello de los brazos a Elian.

—La llave de la Bóveda Central —sentenció el mentor—. Si entras, tu estatus de estudiante será revocado. Te convertirás en un fugitivo. No habrá becas, ni rangos, solo la caza. Pero es el único lugar donde los activos no están registrados en el mercado. Es tu única oportunidad de alcanzar el 18% antes de que el sello se cierre.

Elian tomó la llave. El metal era gélido, pero su peso prometía una salida. Para estabilizar su núcleo y soportar el uso de la llave, recurrió a un método de contención arcaico que le exigió un pago atroz: desconectó voluntariamente su percepción táctil. El dolor fue un relámpago que le atravesó el cráneo, dejando sus manos entumecidas, pero el flujo energético de su núcleo se estabilizó. El costo era alto, pero la ambición era una droga más potente que el dolor.

Al salir a los patios de entrenamiento, Valeria Thorne lo esperaba. No había guardias, solo la mirada gélida de una aristócrata que medía su valor como si fuera un activo depreciable. Los drones de seguridad sobrevolaban la zona, rastreando cualquier rastro de energía anómala.

—Tu andar es el de alguien que tiene mucho que perder, Vane —dijo Valeria, cerrándole el paso. El aroma a ozono y perfume caro de su aura lo envolvió, asfixiante—. El sabotaje en el torneo fue elegante, pero los números no mienten. Tu flujo tiene una firma tóxica. Dame el artefacto que escondes en tu núcleo, o haré que te borren de la Academia antes del atardecer.

Elian, sintiendo el peso de la llave contra su pecho y la erosión constante en su núcleo, la miró sin parpadear. El duelo en la arena ya no era una opción; era su única forma de ganar tiempo.

—Si quieres lo que tengo, ven a buscarlo en la arena —respondió Elian, con la voz firme a pesar del frío que le devoraba los sentidos—. Pero será bajo las reglas del duelo formal. Si pierdes, tu estatus caerá tanto como tu Índice de Resplandor hoy.

Valeria sonrió, una mueca de depredador que confirmaba que la cacería apenas comenzaba. Elian se alejó, sabiendo que el artefacto en su núcleo era ahora su única moneda de cambio contra un sistema que ya lo había condenado.

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