El costo del primer avance
El aire en la cámara de meditación de bajo nivel no era solo frío; era un vacío hambriento. Elian Vane apretó el cristal fracturado contra su palma, sintiendo cómo la técnica prohibida, el Sifón de Deuda, comenzaba su trabajo. No era una absorción de energía limpia. Era un desgarro. El artefacto succionaba la energía residual de la sala y la forzaba a través de su núcleo, convirtiendo su propia vitalidad en el combustible necesario para procesar el flujo.
Su Índice de Resplandor, estancado en un 12% que lo condenaba a la irrelevancia, comenzó a vibrar. 13%. 14%. Cada punto porcentual se sentía como una aguja de hielo atravesando sus venas. El dolor era el precio, pero la visibilidad era la moneda.
De repente, el cristal emitió un pulso violáceo, una firma energética irregular que hizo que los sensores de la Academia parpadearan en rojo. Elian sintió el sudor frío pegándose a su nuca. Si el sistema detectaba la anomalía, el protocolo de purga no solo lo expulsaría; borraría su historial de cultivo, dejándolo como un cascarón vacío. Con un movimiento desesperado, transfirió sus últimos 500 créditos a la red de la Academia. El pago por el supresor de rastreo se ejecutó, dejando su cuenta en números rojos, pero el brillo del cristal se atenuó justo antes de que el escáner de seguridad barriera la cámara. Se desplomó contra la pared, con el núcleo palpitando con una cadencia errática. Había ganado terreno, pero su cuerpo se sentía erosionado, como si hubiera envejecido un año en diez minutos.
Al salir a los pasillos, la atmósfera era diferente. El desprecio habitual de sus pares se había transformado en una suspicacia afilada. En el ala de los archivos olvidados, el Maestro Kael lo aguardaba entre sombras, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos cínicos.
—Has subido diez puestos, Elian —dijo Kael, sin preámbulos—. Pero esa firma energética es una baliza para quienes saben qué buscar. Si no consigues ocultar el rastro permanente de la técnica, la Inquisición te encontrará antes del cierre de temporada.
—Necesito un supresor de grado alto —respondió Elian, con la garganta seca—. Dame el acceso.
—La información tiene un precio. La subasta de la tarde en la Aguja de Hierro es el lugar. Haz que la élite gaste sus recursos en basura, y yo te daré la llave para ocultar tu rastro.
Horas después, la Gran Sala de Subastas era un hervidero de ambición. Elian observaba la tablilla de precios con frialdad. Valeria Thorne, la heredera perfecta, estaba sentada en el balcón privado, con sus ojos gélidos fijos en la nuca de Elian. Cuando el supresor de grado C salió a subasta, ella comenzó a inflar el precio con una frialdad calculada, buscando humillarlo. Elian, al borde de perder su última oportunidad, fingió un interés obsesivo en un lote de «esencia de loto marchito», un objeto decorativo sin valor. Valeria, viendo una oportunidad para humillarlo, pujó agresivamente por el loto, gastando sus créditos en un capricho inútil. Elian se retiró de esa puja, dejando que ella ganara la baratija, y aprovechó el caos para asegurar el supresor a un precio justo antes de que ella pudiera reaccionar.
Al salir, la victoria se sintió amarga. Los altavoces de la Academia resonaron con una noticia que heló la sangre de los presentes: «El ciclo de clasificación se acelera. Cierre de temporada: 30 días. Umbral de Resplandor mínimo para permanencia en rango D: elevado al 18%».
Elian soltó un jadeo. El sistema no solo estaba cerrando la puerta; la estaba alejando. Su éxito, ese pequeño margen ganado a costa de su salud, se desvanecía ante la nueva exigencia. Levantó la vista hacia el balcón superior y allí estaba ella: Valeria Thorne, observándolo con una sonrisa depredadora. Ella no solo sabía que él había usado la técnica prohibida; ahora sabía que él estaba dispuesto a todo para ocultarlo. Elian comprendió que su éxito era provisional y que, para sobrevivir, tendría que romper la escalera por completo.