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Chapter 1: La auditoría de la humillación

Elian Vane, al borde de la expulsión tras una auditoría pública fallida, recurre a una técnica prohibida proporcionada por el Maestro Kael para convertir su deuda acumulada en energía de cultivo. El capítulo termina con Elian activando el artefacto, provocando una anomalía en el sistema de la Academia que atrae la atención de su rival, Valeria Thorne.

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La auditoría de la humillación

El sol de la tarde se filtraba por los vitrales de la Aguja de Hierro, proyectando sombras afiladas sobre el mármol. Elian Vane permanecía inmóvil en el centro de la plataforma, sintiendo cómo el frío del metal se filtraba por sus botas desgastadas. Frente a él, el Examinador Jefe ni siquiera se molestó en mirar su expediente; su dedo índice golpeaba con desdén la pantalla holográfica que mostraba el Índice de Resplandor de Elian: un patético 12%.

—Vane, Elian. Rango: Desechable —anunció el examinador, su voz resonando con la autoridad de quien dicta una sentencia de muerte—. Tu cuota de energía ha caído por debajo del umbral crítico. Según los estatutos, tu acceso a los suministros de cultivo queda revocado. Tienes hasta el amanecer para desalojar los dormitorios del sector inferior.

Un murmullo de desdén recorrió las gradas. En el balcón superior, Valeria Thorne observaba la escena con una frialdad quirúrgica, sus dedos enguantados tamborileando sobre la barandilla de oro. Su presencia era una sentencia; ella representaba la eficiencia que a Elian le faltaba, el capital que él nunca pudo amasar.

—No es una expulsión oficial —interrumpió Elian, forzando su voz a sonar firme. Su garganta ardía—. La cláusula 4-B permite una auditoría de desafío si el estudiante presenta un activo de valor equivalente.

El examinador soltó una carcajada seca. —Vane, tu familia hipotecó hasta el apellido para que pudieras entrar aquí. No tienes activos. Solo tienes deuda.

Elian no esperó a ser escoltado fuera. Con la humillación quemándole el pecho como ácido, abandonó la plaza bajo la mirada gélida de Valeria. Treinta días. Ese era el tiempo que le quedaba antes de que el sello de la secta se cerrara definitivamente. En el corazón del archivo, rodeado de pergaminos devorados por la humedad, el Maestro Kael lo esperaba. Sus ojos, dos brasas cansadas, se clavaron en Elian.

—Vienes buscando un milagro, Vane —dijo Kael sin levantar la vista de un tomo de cuero agrietado—. Pero en este mercado, los milagros son activos tóxicos. ¿Estás dispuesto a quemar lo poco que te queda por una oportunidad de escalar?

—No me queda prestigio que perder, Maestro. Mi familia ya hipotecó el futuro. Solo me queda el presente.

Kael suspiró y extrajo un artefacto dañado de un cajón oculto: un fragmento de cristal de meditación fracturado, marcado con runas prohibidas. —Esta técnica convierte la deuda en energía de cultivo, pero el costo es la erosión de tu propio núcleo. Si el sistema te detecta, no habrá expulsión; habrá borrado total.

Elian tomó el cristal. La frialdad del objeto le atravesó la palma, drenando su energía vital inicial para sellar el pacto. Kael no añadió más advertencias; el trato estaba hecho.

De vuelta en su celda, el zumbido de las paredes de piedra volcánica era lo único que llenaba el silencio. Elian colocó el fragmento sobre su escritorio. El cristal comenzó a emitir un pulso violento, de un violeta enfermizo. Elian cerró los ojos y activó la técnica.

El dolor fue instantáneo, un fuego blanco que devoró su piel mientras las agujas de energía corrupta se clavaban en su sistema circulatorio. Cada gramo de deuda acumulada con la Academia estaba siendo procesado, forzado hacia su núcleo con una voracidad violenta. Elian contuvo un grito, apretando los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre. El sistema de la academia, diseñado para detectar anomalías en el flujo energético, comenzó a emitir una alarma sorda. Elian sintió el peso de la vigilancia, pero no se detuvo. Forzó la técnica, convirtiendo su deuda en un pico de energía pura. En ese instante, el ranking, estancado durante meses, comenzó a parpadear. Valeria Thorne, desde su balcón, fijó sus ojos en el brillo anómalo que emanaba de la celda de Elian, una sonrisa cruel curvando sus labios al comprender que él había cruzado la línea roja.

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