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Chapter 4: Chapter 4

Mateo localiza a J.M. en un almacén industrial y descubre que el robo del libro mayor es parte de una purga mayor orquestada por don Rafael para controlar los nodos financieros del barrio. Mateo decide proteger a su primo y el libro, desafiando el ultimátum de don Rafael y asumiendo las consecuencias de una guerra abierta contra la red.

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Chapter 4

El aire en la sastrería de Elena estaba cargado de un vapor denso, una mezcla de almidón quemado y el miedo rancio que solo se acumula cuando el tiempo se agota. Mateo cerró la puerta principal, el chasquido de la cerradura resonando como una sentencia en el local vacío. Afuera, el bloque de Chinatown no dormía; observaba. Cada escaparate, desde la tienda de té de los Li hasta la ferretería de los Chen, parecía un ojo entornado que conocía la historia de su padre mejor que él mismo.

—No ha vuelto a llamar —murmuró Elena, con los dedos entumecidos sobre una seda cruda. Su voz no era una pregunta, sino un ruego.

Mateo dejó el recibo de la deuda sobre el mármol, junto a la vieja máquina de coser Singer. Los 8,400 dólares no eran solo una cifra; eran el aval que su padre había firmado con su propia sangre y reputación. Ahora, esa garantía se desmoronaba bajo el peso de la traición de J.M.

—Don Rafael no necesita llamar, tía —respondió Mateo, acercándose hasta que pudo ver el temblor en los párpados de ella—. Él ya sabe que el libro mayor no se perdió. Sabe que fue extraído. Y sabe que tú has estado encubriendo a tu hijo desde que el mensajero desapareció.

Elena se irguió, su dignidad de modista luchando contra el pánico que le teñía el rostro de gris.

—Es mi hijo, Mateo. Si lo entrego, la red lo borrará. No puedo sobrevivir a ese vacío.

Mateo sintió una punzada de amargura. La lealtad de Elena era una red que, en lugar de sostenerlos, los estaba asfixiando. La realidad era brutal: si J.M. no aparecía antes del mediodía, don Rafael no solo tomaría el dinero; desmantelaría el legado de su padre, bloque por bloque, hasta que no quedara ni el recuerdo de su apellido en los registros de la comunidad.

Al salir a la calle, el barrio le devolvió una mirada hostil. Eran las diez y media. El

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