Chapter 8
El pasillo de cuidados intensivos del Hospital Olmedo no olía a medicina; olía a dinero enfriándose y a pánico contenido. Mateo se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el hollín de su ropa, impregnado tras el incendio del archivo, manchaba la impecable pintura blanca. Sus pulmones ardían, pero el pitido rítmico que provenía de la suite 402 —la habitación de don Ernesto— le provocaba una quemazón peor: una arritmia artificial. El monitor no registraba un fallo orgánico natural; marcaba un ritmo forzado por una máquina manipulada.
—El paciente no recibe visitas, señor —la voz del guardia fue una orden de granito, una extensión de la voluntad de Rafael que bloqueaba el acceso. Dos hombres más se acercaron, sus uniformes negros destacando en la pulcritud clínica.
Mateo no parpadeó. Sabía que Rafael había sellado el perímetro, pero también conocía algo que esos hombres ignoraban: el sistema de seguridad biométrica del Olmedo fue diseñado bajo su supervisión técnica hace cinco años. Con un movimiento fluido, Mateo conectó su terminal portátil a la consola de pared, ignorando la protesta de los guardias. Unos segundos de comandos rápidos bastaron para invalidar el protocolo de Rafael. Las puertas se deslizaron con un siseo hidráulico.
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