Chapter 8
Mateo tropezó contra el contenedor oxidado y el dolor le subió por el brazo como alambre de púas. La manga empapada se le pegaba a la piel; cada paso arrancaba un latido nuevo en la herida. Elena lo sostenía por la cintura, más fuerza de la que parecía posible en sus sesenta y tantos años, los nudillos blancos contra la camisa rota de él.
—Sigue, mijo, no pares —susurró ella, voz ronca pero sin temblor—. Ya casi.
Los callejones olían a basura fermentada y aceite quemado. Las sirenas se acercaban desde tres direcciones distintas, un cerco que se estrechaba. Mateo intentó acelerar y la pierna izquierda cedió; cayó de rodillas sobre el asfalto húmedo. La sangre fresca salpicó el charco viejo. Elena se agachó a su lado, le abrió la camisa con dedos precisos. La herida del hombro izquierdo era un tajo irregular, carne abierta hasta el hueso. No había salida limpia.
—No va a parar —dijo Mateo entre dientes—. Ya no negocia. Quiere borrarnos antes de que salga la nota en la prensa.
Elena no respondió de inmediato. Sacó un trapo limpio del bolsillo del delantal que todavía llevaba puesto —el mismo delantal con el que había cosido dobladillos en la sastrería durante treinta años— y lo presionó contra la herida. Mateo siseó.
—Presiona tú —ordenó ella—. Yo guío.
Lo levantó. Mateo se apoyó en la pared, el aliento corto. Cada respiración hacía que el trapo se empapara más rápido. Doblaron una esquina y Elena lo empujó hacia una puerta metálica medio arrancada de sus goznes. Bajaron por una escalera empinada hasta el sótano de una tienda de té abandonada. El olor a hojas secas y humedad antigua los envolvió como una manta pesada.
Mateo se dejó caer contra la pared de ladrillo expuesto, el brazo izquierdo colgando inútil. Elena encontró una linterna de pilas muertas a medias; la luz amarillenta temblaba cada vez que ella respiraba.
—No te muevas tanto —dijo, arrancando otra tira de su chaleco para apretar el vendaje improvisado—. Vas a abrirlo otra vez.
Mateo apretó los dientes cuando ella anudó la tela. El dolor le subió hasta la nuca como un cable vivo.
—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó.
Elena no levantó la vista.
—Hasta el atardecer. Después de eso la demolición empieza de verdad y la red corta todos los hilos. Incluido el nuestro.
Él cerró los ojos un segundo. La llave de Mr. Chen quemaba en su bolsillo derecho.
—No entiendo por qué no me lo dijiste antes —dijo, voz baja pero filosa—. Todo este tiempo… tú sabías.
Elena se sentó en el escalón más bajo, las manos temblando ahora que ya no tenía que sostenerlo a él.
—Porque tu padre me hizo jurar que nunca te lo diría. Dijo que si algún día volvías, sería porque ya habías decidido ser su hijo. No porque te obligaran.
Mateo soltó una risa corta que le costó sangre.
—¿Y qué soy ahora? ¿El hijo que rechazó el regalo envenenado?
Ella lo miró por primera vez desde que habían bajado al sótano.
—Eres el hijo que todavía puede romper la cláusula de liquidación. Tu padre la programó así: si el heredero no asume la red en el plazo, el sistema purga a todos los beneficiarios. Automáticamente. Incluidos los que nunca t
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