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Chapter 10: La grieta en el sistema

Julián rechaza la oferta final de Salazar, inserta el código de primera generación usando el relicario y la llave física sellada por su madre. Logra iniciar la transmisión irreversible de la verdad sobre las ejecuciones ordenadas por Salazar, pero recibe heridas graves de bala mientras lo hace. El sistema responde activando el protocolo de autodestrucción masiva del edificio. El contador oficial muestra menos de seis horas restantes.

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La grieta en el sistema

Julián salió tambaleándose de la antesala privada, el implante neural de Salazar aún caliente en su palma ensangrentada. El contador oficial, proyectado ahora en cada pared reflectante del pasillo, saltó de 8:51:14 a 6:14:22. Dos horas y treinta y siete minutos evaporados en el instante en que rechazó la oferta del hombre que había ordenado matar a su familia.

—No aceptaste —dijo Valeria por el comunicador implantado, la voz quebrada por la interferencia—. Bien hecho. Pero ahora eres objetivo terminal. El ascensor privado al núcleo está a sesenta y tres metros. Seguridad sube por los niveles inferiores. Tienes cuatro minutos antes de que sellen el pasillo.

Julián corrió. El hombro izquierdo ardía donde la bala del guardia del piso 41 lo había rozado horas antes; ahora la sangre fresca se mezclaba con la vieja. El olor a ozono y cables quemados le llenaba la nariz. Las luces rojas de emergencia palpitaban al ritmo de su corazón.

—Ruta, Vale. Exacta.

—Derecha en el cruce 47-09, luego izquierda hacia las líneas principales de fibra. La consola cilíndrica está en el centro. Inserta primero el relicario para autenticar el implante. Después el código manual. Si pierdes contacto físico, el Feed lo expulsa en segundos.

Dobló la esquina y se topó con dos guardias de armadura reactiva. El primero levantó el rifle sin dudar. El segundo vaciló, los ojos fijos en la cara de Julián. El fragmento del holograma había circulado lo suficiente: la madre acusando a Salazar ya no era rumor.

El primero disparó. La bala entró por el costado derecho de Julián, justo debajo de las costillas. El impacto lo lanzó contra la pared. Dolor blanco, cegador. Sacó el arma robada y respondió: dos tiros. El guardia cayó. El segundo retrocedió, gritando por radio, pero no disparó.

Julián se arrastró hasta la puerta blindada de la sala de transmisión. Estaba entreabierta. No había tiempo para sospechar. Empujó con el hombro sano.

El cilindro de servidores negros se alzaba hasta perderse en la penumbra. En el centro, la consola esférica suspendida, rodeada de anillos de luz azul frío. Julián se acercó cojeando, introdujo el relicario en la ranura de nivel cero. Un zumbido grave recorrió la sala.

—Autenticación aceptada —dijo la voz sintética—. Implante de primera generación detectado. Preparando ejecución.

Colocó la palma con el implante sobre el lector neural. Líneas verdes corrieron por la esfera como sangre iluminada. El código comenzó a desplegarse.

Las puertas de la sala empezaron a cerrarse con chirrido metálico.

—Está entrando —dijo Valeria, al borde del llanto—. Pero el Feed contraataca en paralelo. Intenta reescribir el núcleo. Mantén el contacto o lo pierdes todo.

La sangre goteaba sobre la consola, salpicando las luces. El contador en el techo descendía: 6:12:47… 6:12:46…

Entonces los destellos.

En las pantallas periféricas —y en cada pantalla pública de la ciudad— apareció primero la cara de su madre, congelada en el momento de pronunciar el nombre. Después el audio, limpio, imposible de silenciar:

«Tomás Salazar ordenó la ejecución de mi familia porque nos opusimos al Feed. No fue accidente. Fue purga.»

La ciudad entera lo escuchó.

Afuera, bajo la lluvia que nunca paraba, miles de pantallas callejeras parpadeaban con la misma imagen. Gritos. Sirenas. El rumor se volvía rugido colectivo.

Un impacto seco contra la puerta principal. Seguridad. Luego otro. Estaban usando cargas térmicas.

—Julián, el código está al 78 %. Necesitas la llave física del relicario. La que selló tu madre.

Con dedos temblorosos abrió el compartimento oculto —el que su madre había cerrado con su huella dieciocho años atrás—. Dentro, una llave de titanio micrograbada con el escudo familiar. La insertó en la ranura secundaria.

La consola rugió. El porcentaje saltó al 99 %.

Un disparo atravesó la puerta. La bala le entró por el muslo izquierdo. Julián se dobló, pero no soltó la interfaz. Presionó con todo el peso de su cuerpo, manteniendo el contacto neural.

—Transmisión iniciada —anunció la voz—. Integridad confirmada. No reversible.

La verdad se derramaba sin control: fragmentos del holograma, nombres, fechas, órdenes firmadas por Salazar. Las pantallas de la ciudad se teñían de rojo y blanco. Imágenes que nadie podía apagar.

Julián cayó de rodillas. La sangre formaba un charco bajo él. El dolor lo devoraba entero. Pero la transmisión seguía.

—Vale… —susurró—. Lo logramos.

—Julián, no te sueltes. Estoy yendo por ti. Aguanta.

El contador marcaba 5:58:12 cuando las alarmas cambiaron de tono. Un nuevo mensaje se superpuso a la verdad que seguía fluyendo en todas las pantallas:

PROTOCOLO DE AUTODESTRUCCIÓN INICIADO.

El edificio tembló.

Julián levantó la vista, la visión nublándose. La ciudad había visto. Pero el sistema prefería arder antes que rendirse.

Y él seguía sangrando sobre la consola que no podía soltar.

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