La última pista
El servidor central de Spectra-Live no emitía un zumbido, sino un lamento metálico que le trepaba por los huesos. Elena Valdés mantenía la mano clavada sobre el sensor biométrico, sintiendo cómo el cristal de la reliquia, incrustado en la consola, succionaba el calor de su palma. A su alrededor, el estudio se desintegraba: los paneles acústicos caían como piel muerta, dejando al descubierto cables que chisporroteaban con una violencia eléctrica.
—¡Suéltalo, Elena! —Julián estaba al otro lado de l
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