La máscara se agrieta
El contador sobre el monitor principal de Spectra-Live parpadeó en rojo: 141:20:00. Diez minutos menos. Ese era el precio exacto de su última tentativa de hackeo, una cuota que el sistema le cobraba con la frialdad de un verdugo algorítmico. Elena Valdés no volvió a mirar el reloj; el peso metálico del relicario en su bolsillo derecho era el único recordatorio necesario de que su tiempo, y el de su linaje, se consumía en una purga diseñada por alguien que
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