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Chapter 8: El precio de la ambición

Julián toma el control administrativo del hospital mientras enfrenta la presión del consorcio Aethelgard. Tras exponer el fraude de Alejandro Varga ante la junta, Julián se prepara para sabotear el trasplante ilegal exigido por el consorcio, manteniendo su posición de poder bajo una amenaza constante de ruina.

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El precio de la ambición

El despacho del director médico, antes el santuario de Alejandro Varga, ahora olía a ozono y a café amargo. Julián Varga observaba la ciudad a través del ventanal, el reflejo de su propio rostro superpuesto sobre el skyline de la capital. No era el triunfo lo que sentía, sino la precisión gélida de una cirugía mayor. Sobre el escritorio, la tableta mostraba una cuenta regresiva: 72 horas para el trasplante ilegal que el consorcio Aethelgard exigía como peaje por su permanencia.

La puerta se abrió sin previo aviso. Elena Soler entró, con el paso tenso de quien camina sobre un campo minado. Arrojó un informe sobre la caoba.

—El consejo administrativo está en rebelión, Julián. Han bloqueado las transferencias operativas. Creen que tu toma de poder es un suicidio financiero. Exigen saber por qué autorizaste el traslado del paciente VIP del viernes.

Julián no se giró. Sus dedos tamborilearon sobre el cristal de la mesa. Deslizó el documento hacia ella, señalando la página 42. Era el rastro digital, la prueba irrefutable de que Aethelgard no solo financiaba el hospital, sino que lo utilizaba como un matadero de activos.

—El hospital ya no es de los Varga, Elena. Es un cascarón en liquidación —dijo Julián, su voz carente de cualquier rastro de duda—. Si quieren sobrevivir, deben dejar de auditar mis movimientos y empezar a auditar el rastro de Aethelgard. La corrupción no es un rumor; es el sistema operativo de este lugar.

Elena palideció al cruzar los datos. La magnitud del fraude, oculto tras protocolos médicos legítimos, la dejó sin aliento. Comprendió que Julián no buscaba el poder por vanidad; estaba desmantelando la estructura que los había esclavizado a todos.

La tregua terminó cuando Marcus Thorne, el emisario de Aethelgard, entró en la sala de juntas sin quitarse el abrigo de lana italiana. Su maletín, colocado sobre la mesa, parecía un arma cargada.

—El trasplante del viernes no es una sugerencia, doctor —dijo Thorne, ignorando el café de Elena—. Es el activo por el cual su familia fue financiada una década. Si el paciente Solari recibe el órgano, el consorcio garantiza que usted retendrá la dirección. Si no, el hospital será desmantelado antes del lunes.

Julián diseccionó la viabilidad técnica en su mente. No era una cirugía; era un asesinato disfrazado para ocultar la procedencia del tejido.

—Las condiciones hemodinámicas del receptor son inestables —replicó Julián, cortante—. Si intento el trasplante, la tasa de rechazo es del noventa por ciento. Ustedes no quieren un éxito clínico; quieren un cadáver que pueda enterrarse bajo una auditoría de negligencia. Eso destruiría el prestigio del hospital que tanto les interesa poseer.

Thorne se retiró con una advertencia gélida, pero Julián ya había ganado el tiempo necesario. Mientras tanto, en el pasillo, Alejandro Varga intentaba acceder a su terminal, solo para ser recibido por un mensaje de error: Acceso denegado. Credenciales revocadas. Julián observaba desde el centro de control, viendo cómo su antiguo opresor golpeaba el cristal del monitor con la desesperación de un paria.

Cuando Julián bajó al pasillo, Alejandro se abalanzó sobre él, con la corbata deshecha y el rostro desencajado.

—Esto es una trampa, Julián. El consorcio no te dejará quedarte con esto. Soy el único que sabe cómo manejar sus contratos.

Julián se detuvo a un metro, entregándole un sobre con la denuncia formal por fraude.

—Tú construiste un imperio sobre mentiras, Alejandro. Yo solo estoy corrigiendo el diagnóstico. Estás fuera.

Alejandro quedó solo en el pasillo, roto y sin aliados. Julián regresó al quirófano, el lugar donde el viernes se decidiría todo. Su teléfono vibró: una oferta final del consorcio. Propiedad total del hospital a cambio de proceder con el trasplante ilícito. Julián cerró los ojos. Tenía la trampa lista y la policía a un paso de intervenir, pero el precio del control total era una firma manchada de sangre que podría condenarlo para siempre.

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