Novel

Chapter 7: Cirugía de poder

Julián consolida su autoridad en el hospital tras salvar a un paciente crítico, ganándose la lealtad del personal. Tras expulsar a Alejandro Varga y desmantelar su influencia ante los inversores, Julián recibe una oferta del consorcio Aethelgard: el control total del hospital a cambio de un trasplante ilícito, forzando a Julián a jugar una partida doble.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

Cirugía de poder

El aire en el ala de cirugía central del Hospital Varga ya no olía a desinfectante, sino a miedo estancado. Era un aroma ácido, metálico, que se filtraba por las juntas de las puertas automáticas. Tras la caída pública de Alejandro Varga ante la junta directiva, el hospital entero había quedado huérfano de mando. Los residentes caminaban con la mirada baja, evitando el contacto visual, como si el simple hecho de ser vistos cerca de un rastro de la vieja administración pudiera costarles la carrera.

Julián Varga caminó por el pasillo central, sus pasos resonando con una cadencia deliberada sobre el mármol impoluto. No vestía la bata blanca que Alejandro usaba como una armadura de arrogancia, sino un traje impecable, oscuro, que marcaba la diferencia entre el hombre que pedía permiso y el que dictaba las condiciones. Se detuvo ante el Quirófano 4, donde una luz roja parpadeaba con una urgencia que nadie se atrevía a atender. Un paciente del Grupo Solari, pieza clave en la nueva estructura de poder que Julián estaba consolidando, languidecía en una mesa de operaciones mientras el equipo quirúrgico, paralizado por la incertidumbre, observaba el monitor de signos vitales como si fuera un veredicto de muerte.

—El Dr. Varga no ha dado instrucciones —murmuró una enfermera, con la voz quebrada—. No podemos entrar.

—El Dr. Varga ya no está aquí —respondió Julián, su voz cortando el aire como un bisturí. Se colocó la bata con movimientos precisos, sin prisa. Entró en el quirófano y, al contacto de sus manos con el instrumental, la parálisis del equipo se rompió. Julián no dio discursos; dio órdenes. Con una maniobra técnica impecable, estabilizó la hemorragia interna que el equipo previo había calificado de inoperable. Cuando cerró la última sutura, el monitor recuperó un ritmo sinusal firme. El personal médico, impresionado por la precisión quirúrgica de Julián, comenzó a seguir sus directrices sin cuestionar. La deserción del bando de Alejandro no era ya una posibilidad, sino una realidad palpable.

Horas más tarde, en la oficina ejecutiva, el ambiente era denso, saturado con el aroma de madera vieja y el pánico que solo el dinero perdido puede destilar. Alejandro Varga, con la corbata desajustada y las manos temblorosas, no miraba a Julián; miraba la pantalla de su terminal privada, donde los gráficos de sus acciones se desplomaban. Frente a él, dos inversores privados esperaban una respuesta que Alejandro ya no podía dar.

—Es una oportunidad única, caballeros —mintió Alejandro, su voz perdiendo la autoridad de antaño—. Si adquieren mi paquete accionario ahora, garantizo una rentabilidad del veinte por ciento.

Julián entró en la oficina sin llamar. Se detuvo a un metro de Alejandro, dejando que el silencio se apoderara del espacio. La humillación de Alejandro fue instantánea; el patriarca intentó erguirse, pero su estatura se desvaneció bajo la mirada gélida de su sobrino.

—Vete, Julián. Esto es un asunto de negocios —espetó Alejandro, pero su voz se quebró.

—No hay negocios que hacer, Alejandro —respondió Julián, deslizando una tablet sobre el escritorio de caoba—. Los inversores deberían saber que estas acciones están vinculadas al fraude del consorcio Aethelgard. Las cuentas están congeladas.

Los inversores se levantaron al unísono, abandonando la sala sin mirar atrás. Alejandro quedó solo, despojado del último vestigio de su estatus. Minutos después, el personal de seguridad escoltó al antiguo patriarca fuera del edificio. Su era había terminado.

El teléfono vibró sobre la mesa de caoba, un zumbido metálico que cortó el aire. Julián descolgó. Era el consorcio Aethelgard. La voz al otro lado no era una petición, era un decreto: el consorcio había purgado a Alejandro y ahora el hospital le pertenecía a Julián, bajo sus términos.

—Aceptamos tu liderazgo, Julián —dijo el interlocutor—. Pero la autonomía tiene un precio. Necesitamos que el protocolo de trasplantes ignore las listas de espera este viernes.

Julián apretó el auricular hasta que sus nudillos blanquearon. A su lado, la Dra. Elena Soler lo observaba con los ojos entrecerrados. Julián asintió con una sonrisa gélida, aceptando el trato en voz alta mientras sus dedos, bajo la mesa, tecleaban furiosos un código de encriptación para sabotear el sistema desde dentro.

—Acepto los términos —dijo Julián, con la voz firme—. El hospital será suyo, siempre que la transición sea inmediata.

Al colgar, el silencio resultó asfixiante. Elena se acercó.

—Estás entregándoles las llaves del reino, Julián. ¿Sabes lo que pasará cuando descubran que el servidor está bajo tu control absoluto?

Julián miró por el ventanal hacia la ciudad, donde las luces del hospital brillaban como un campo de batalla. —Por eso —respondió—, antes de que el viernes llegue, me aseguraré de que no tengan nada a qué volver.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced